“Para Chesterton, la novela detectivesca es una alegoría de la vida moderna”

Estando preso en la cárcel de Turi por el régimen de Mussolini, el filósofo y periodista Antonio Gramsci le agradece a su cuñada el envío de novelas, entre otras algunas del Padre Brown. En la carta, el teórico marxista aprovecha para elogiar al personaje creado por Chesterton, cuyo estilo y destreza excede, a su juicio, al de Holmes y Doyle. Esta excusa o, como se diría en términos cinematográficos, macguffin, sirve al ensayista Ramón del Castillo (Madrid, 1964) para indagar a propósito de las debilidades y aciertos de uno y otro personaje, así como para analizar, de modo meticuloso y placentero, el relato clásico de detectives. El resultado, Divinos detectives. Chesterton, Gramsci y otros casos criminales (Ediciones Pensamiento, Círculo de Bellas Artes).

¿Es injusta la fama de novelas de “segunda” que tienen las novelas de detectives?

Algunos que las escribieron pensaban que sí, sobre todo Chesterton, que las defendió dando muy buenos argumentos. Doyle, en cambio, ironizó sobre la calidad del género con la que él mismo tuvo un éxito sin igual. Chesterton dijo (véase Sobre la mente ausente) que ciertos géneros son populares porque la gente necesita historias, y más vale una mala historia que ninguna (“igual que media barra de pan es mejor que ninguna”). Pero también afirmó (en Los detectives de la ficción) que la gente siempre prefiere una buena historia a una mala, igual que puede gustarle más la “cerveza que la crème de mente, pero es absurdo decir que prefiere la cerveza mala a la buena”. También declaró que Conan Doyle elevó el nivel del género y que las historias de Holmes eran “obras de arte elegantes y meticulosas”, y que esa calidad contribuyó a su popularidad.

¿Cuánto de ideología contienen este tipo de novelas?

La relación de este género con la ideología es compleja, porque estas historias surgen a la vez que los medios de comunicación, la prensa sensacionalista, la policía profesional y la cultura de masas. Es una simplificación asegurar, por ejemplo, que las historias de Holmes son apologías de la ideología burguesa. En el libro no lo enfoco así, aunque es cierto que, como sugirió Gramsci, en Holmes hay una exaltación de la razón con tintes ideológicos. En el género clásico, explicar un asesinato parece un puro juego, como resolver un acertijo, pero lo que propicia el misterio o el enigma no deja de ser un caso criminal con móviles no siempre claros e inseparables de las relaciones de poder y del dinero. En el libro explico esto con más detalle gracias a argumentos de escritores como Roberto Piglia y Juan José Saer, o de críticos como Franco Moretti en Signs Taken for Wonders: Essays in the Sociology of Literary Forms.

Entre ese gran racionalista que fue Conan Doyle y ese fantástico intuitivo que resultó Chesterton, ¿por cuál siente querencia?

Chesterton sostuvo que había dos tipos de lógica: una más poética, metafísica y fantasiosa, y otra más científica y pericial

Cuando escribo procuro poner entre paréntesis mis querencias. Me interesa más ver las cosas de lejos. Chesterton me gusta mucho y disfruto con su humor y su ingenio, aunque a veces me desespera lo pedante y lo barroco que es. Doyle me parece ahora mucho mejor escritor que cuando lo leí de joven. De Holmes me gusta justamente su lado más “siniestro, desilusionado, hastiado y escéptico” (por usar calificativos de Chesterton). No es extraño que un detective dandi haya inspirado historias como la que dio lugar a la película de Billy Wilder sobre su vida privada. Por otro lado, la contraposición entre razón e intuición que Gramsci señaló entre los dos personajes es un poco más complicada. En realidad, Chesterton sostuvo que había dos tipos de lógica: una más poética, metafísica y fantasiosa, encarnada por el Dupin de Poe, y otra más científica y pericial, como la del Holmes de Doyle (véase Sobre la mente ausente). Según Sherlock Holmes en El signo de los cuatro, imaginarse cosas (guessing) es una estrategia que “destruye la lógica”, pero el padre Brown descubre misterios gracias a la imaginación más que a técnicas especiales (véase Detectives y ficciones detectivescas). El cura resuelve casos porque detecta lo que Chesterton llama “atmósferas inmateriales y emociones impalpables”, mientras que el detective científico analiza rastros materiales gracias a sus conocimientos de química y otras ciencias. En el libro, dicho sea de paso, insisto mucho en los debates entre Watson y Holmes sobre el grado de imaginación que el doctor introducía en los relatos.

¿Y si ampliásemos más el foco, incluyendo a Poirot, Dupin, Miss Marple, Marlowe, Ellery Queen o Maigret..?

No puedo ampliar el foco, porque mi libro es una investigación enfocada en un periodo muy particular. Aunque aludo a la novela negra, tiene que ver más con la novela enigma y, sobre todo, con los géneros previos, como el gótico y el de detectives. Todo el mundo me pide opinión sobre lo que pasa después de Doyle y Chesterton, pero mi libro versa más sobre lo que pasó antes (Poe, Dickens, Stevenson). Explico por qué Chesterton arrojó dudas y críticas sobre el tipo de novela de misterio que se pondría de moda, pero no avanzo más en la historia: lo dejo ahí. Si me pusiera simplemente a comparar a Poirot con Brown, tendría que escribir otro libro.

¿Pepe Carvalho estaría a la altura?

También lo dejamos para otra tarde. Es como pedirme un balance de la literatura española desde los 70, y luego acabarías preguntándome por otros autores españoles actuales, y por otros europeos, por Dona Leon, y por Camilleri y el comisario Montalano que, por cierto, tuvo un éxito renovado en televisión española el verano pasado. Si te contará todo lo que he oído en los dos últimos años que he asistido a la Semana Negra de Gijón, no acabaríamos.

Aparte de sus maneras en la resolución de los casos, ¿cómo es posible que un personaje tan romo y simple como el padre Brown, en comparación con las aristas y misterios que provoca Sherlock, tuviera tantísimo éxito?

Lo mismo es al revés. Brown tuvo éxito justamente porque era simple. Chesterton dijo que el rasgo característico del cura era no tener rasgos característicos, que su gracia era resultar soso, y la cualidad más sobresaliente de su carácter era no sobresalir, lo cual hacía sobresalir más su extraordinaria capacidad para observar e imaginar (y acertar). Brown es desastrado y Chesterton lo describe como una “masa de pan”. No es muy expresivo y sí bastante torpe, aunque se inspirase en un cura que era lo contrario: pulcro, sutil y diestro, el padre John O’Connor. Por lo demás, son interesantes los distintos actores que le han dado vida en la pantalla, en el cine y en la televisión. El personaje no es tan simple. Por otro lado, Holmes parece muy complejo, aunque está hecho de clichés. Es extravagante, misterioso, polémico, provocador, y eso ha propiciado que se hagan versiones de él muy sugerentes, pero también otras completamente vacías. Holmes se ha prestado a parodias y extrañas derivaciones (como, por ejemplo, que Watson intente ponerle en manos de Freud), pero también a glorificaciones huecas. Chesterton mismo admitía que Holmes tenía una cualidad que sólo han tenido personajes imaginarios como Papá Noel: adquieren más realidad que los seres reales. Recuérdese también que los británicos más proselitistas hacen gala de Holmes y de otro detective posterior, James Bond, pero no pueden hacer lo mismo con un cura católico. Asimismo, el padre Brown es una parodia de detective y a veces da risa, mientras que Holmes ha simbolizado la superioridad de la razón y la distinción del espíritu.

Brown tuvo éxito justamente porque era simple. Chesterton dijo que el rasgo característico del cura era no tener rasgos característicos

¿Cuál de los dos detectives ha aguantado mejor el paso del tiempo? ¿Por qué ha sido tan desigual las adaptaciones cinematográficas de uno y otro?

Han llegado hasta hoy por caminos diferentes. Las historias de Holmes tuvieron tanto éxito que Doyle tuvo que resucitar al detective (después de precipitarse con Moriarty al vacío en 1893) y proliferaron versiones apócrifas de las aventuras de Holmes realizadas por otros escritores, algunas de ellas parodias que ridiculizaban los métodos lógicos frente a los entuertos de la vida cotidiana. También surgieron historias donde detectives de otros países humillaban a este símbolo del Imperio Británico (véase la serie de Archivos secretos de Holmes, editado por D.P. Arranz, o la deliciosa colección Los otros Sherlocks Holmes, preparada por Pablo Muñoz). Que yo sepa, el cine no ha hecho tanta taquilla con las historias del cura, porque sus historias tienen que ver más con la banalidad del crimen, pero siguen vendiéndose muy bien las historias espectaculares, con efectos especiales y actores sexis para interpretar a Holmes y a Watson, como Jude Law y Robert Downey, o los guaperas de Benedict Cumberbacth, o Henry Cavill en las dos películas de Enola, la hermana pequeña de Holmes. Asocio menos a Holmes con el Basil Rathbone de las películas de mediados de los cuarenta que con Peter Cushing, o incluso con Christopher Plumer, aunque mis películas favoritas sobre Holmes son la de Billy Wilder, La vida secreta de Sherlock Holmes (1970), con Robert Stephens, y la de Herbert Ross, The Seven-Per-Cent Solution, de 1976 (Elemental, doctor Freud, en España), con Nicol Williamson, basada en la novela de Nicholas Meyer (que tanto le gusta a Žižek).

Las películas sobre el padre Brown son menos conocidas…

Me gustó como cura Alec Guinness en 1954, y no me acuerdo bien de la versión con Walter Connoly, de 1935. Me gusta más Kenneth More en la serie de los años setenta que en la serie reciente de la BBC, con Mark Williams. A unos pocos eruditos les encanta el padre Brown de Heinz Rühmann en la película de 1962. Yo diría que los seguidores del padre Brown son, sobre todo, seguidores de Chesterton. A diferencia de Holmes, un personaje de ficción que acaba cobrando vida por sí mismo, el cura detective es, sobre todo, un personaje por el que reluce la calidad literaria y la profundidad de su autor. Hay videojuegos de Holmes, y cómics, y hasta una versión perruna de Miyazaki, Sherlock Hound, pero hasta donde sé no hay nada parecido inspirado en el padre Brown. Holmes también se sigue evocando como pionero de la historia de la policía forense y científica (mira, si no, el documental Sherlock Holmes, el primer CSI o el libro del químico James O’Brien, La ciencia de Sherlock Holmes). El cura de Chesterton, en cambio, sale a relucir mucho más en tertulias literarias, o en discusiones filosóficas sobre sobre teología, o en debates políticos sobre cristianismo y socialismo. Diré también de paso que lo que sabemos sobre Holmes (y de Doyle, y de la historia del género) no nos impide seguir disfrutando de sus historias. El conocimiento no mata la sorpresa. Un libro que revela secretos, como el maravilloso Arthur y Sherlock. Conan Doyle y la creación de Holmes, de Michael Sims, te empuja a leer las historias aún con más ganas.

Le devuelvo en forma de pregunta una afirmación de Chesterton: ¿toda la gran literatura es siempre alegórica?

No, pero parte de la literatura de masas ha sido alegórica. La cuestión es, nuevamente, la relación entre alegoría e ideología, si lo entiendo bien, pero Jameson ha escrito un libro descomunal sobre eso, así que no tengo una respuesta rápida. Como dice en su reciente libro Allegory and Ideology, la alegoría es un síntoma, pero ¿de qué? Él tiende a pensar que la alegoría asoma cuando niveles profundos de una realidad aparentemente estable chocan entre sí y exigen algún tipo de representación o, al menos, una expresión o reconocimiento que no logran encontrar en la superficie de la vida social. “La alegoría no reunifica esas fuerzas inconmensurables, pero coloca en relación unas con otras lo que, como en todo arte y experiencia estética, puede conducir, alternativamente, a la comodidad ideológica, pero también a las ansiedades sin calmar que causa un conocimiento más amplio”. Para Chesterton, la novela detectivesca es una alegoría de la vida moderna, por decirlo de forma general. Ve la ciudad no como una jungla de asfalto, sino como un caos de símbolos. En el libro subrayo mucho la relación del género con los nuevos espacios, privados y públicos, domésticos y comerciales. También recuerdo que la pieza más alegórica de Chesterton es El hombre que fue jueves, una historia de conspiraciones en un espacio fantástico (y vuelvo a recomendar el capítulo dedicado a Chesterton de El caminante, extraordinaria historia de Mathew Beaumont sobre la ciudad en la literatura).

Para Chesterton, la novela detectivesca es una alegoría de la vida moderna, por decirlo de forma general

Si, como asegura Kracauer, “cuanto más se deteriora la vida, más se necesita la obra de arte”, ¿estamos más hambrientos de ella que nunca?

Krakauer dijo eso hace mucho, en un momento donde se consideraba que la literatura aún podría ser una fuerza que liberaba al espíritu en un mundo racionalizado y desencantado (el primer Luckás lo vio de modo parecido en Teoría de la novela, aunque al cabo de los años cuestionó su propia visión de las relaciones del arte con el mundo material). El tratado es algo confuso y requeriría un análisis en sí mismo, sobre todo, en relación con el escrito de Ernst Bloch sobre el género policiaco (que tampoco analizo porque me enredaría en una larguísima discusión sobre la teodicea del siglo XX). En el libro opto más bien por la perspectiva de marxistas como Brecht o Mandel y, sobre todo, me centro en Gramsci, cuya teoría sobre la cultura popular es mucho más comprensible e iluminadora.

A Brecht le interesaron mucho las novelas policiacas ¿Qué autores le gustaban más?

La relación de Brecht con la novela de detectives es un tema que no está nada claro. Hay una escena de Estética de la resistencia, de Peter Weiss, a la que Jameson se refiere en el prólogo de Divinos detectives, en la que Brecht sufre una inspección durante su exilio sueco y logra que no confisquen carpetas de manuscritos alegando que solo tienen valor estético, que sólo son poemas y canciones. Los policías caminan indecisos entre las mesas antes de largarse y entonces Brecht sube corriendo las escaleras del entrepiso donde duerme y baja cargado con montones de libros baratos y usados que le gusta leer por la noche, gritando “¡las novelas policíacas! ¡Se olvidan las novelas de detectives!” y entonces abre la ventana y las arroja tras la policía, y allí acaban los volúmenes de Edgard Wallace, Conan Doyle, Agatha Christie, Raymond Chandler, John D. Carr, Dorothy Sayers y otros, tirados entre charcos y hojas marchitas. Quizás esos eran algunos de sus autores predilectos. Respecto a lo que Brecht pensaba sobre el género, en el libro recuerdo que prefería fórmulas literarias repetibles. Quizás podía haber sacado a colación otro texto, “Glosas sobre las novelas policiacas”, donde dijo que “el día en que nuestros dramas vuelvan a tener valor se parecerán uno a otro como dos huevos. Tendrán un esquema. El esquema es la mejor resistencia interna para el escritor. No puede prescindir de él […] Hay quien utilizará material, es decir, contenido […] aunque lo más sano será mantener, en la forma, resistencia al material. Será bueno cultivar el esquema. En nuestra época, aparte de operetas y revistas […] solo las novelas policiacas tienen un esquema de este tipo” (textos sobre arte [1920-1932], editados por Werner Hecht en 1967, y traducidos por J. Fontcuberta en 1973).

¿En qué momento literario se reemplaza el fantasma por el cadáver?

Es como preguntar cuándo decae el género gótico y surge el género policíaco, ¿no? Diría que no ocurre en un momento, sino que los géneros se van solapando. Lo interesante es cómo los autores del policiaco juegan con las expectativas de los lectores de historias de fantasmas. No es una ruptura, sino una transición. Y lo interesante del género policiaco es cómo quiere deshacerse de lo sobrenatural, pero no lo consigue, algo parecido a lo que le pasa a la ciencia-ficción con la fantasía mágica. Por cierto, una de las mejores bromas de Chesterton sobre Doyle fue decir, en 1919, que “en su vasta cruzada a favor del espiritismo, debería entretenernos con una comedia en la que Holmes ejerciera de espíritu y Watson de médium”.

Lo interesante del género policiaco es cómo quiere deshacerse de lo sobrenatural, pero no lo consigue

¿Cuánto de supervivencia tiene el hecho de que Gramsci cavilase intensamente sobre la novela negra estando en la cárcel?

Qué le ayudó exactamente a resistir en la cárcel es un asunto para biógrafos y expertos. No estoy preparado para contestar, pero, evidentemente, leer lo que llegaba hasta sus manos, estudiar y escribir fue fundamental. Como explico con detalle en el libro, dio vueltas a muchos géneros literarios, no sólo a la novela negra, también al de aventuras y a otros. Con el material de que disponía hizo muchísimo. Por otro lado, la lectura de historias de Chesterton le traía buenos recuerdos. La lectura de relatos de misterio puede compartirse en familia.

¿Por qué un crimen “siempre tiene a la sociedad entera por telón de fondo”?

En mi libro tengo muy en cuenta la hipótesis de Roger Caillois en su extraordinaria pero muy olvidada sociología de la novela. El lema del capítulo dedicado al género policial reza así: Cómo la inteligencia se retira del mundo para consagrarse a sus juegos y cómo la realidad la conduce de nuevo a sus problemas. Visto así, los trucos y fórmulas del género no fueron suficientes para que la literatura resultase pura evasión, pero esta hipótesis no es suficiente, y recurro a la poco estudiada sociología del género de Luc Boltanski en Enigmas y complots. Una investigación sobre las investigaciones, un trabajo excepcional sobre la relación entre el conocimiento social y los géneros de ficción dedicados a recrear una investigación. Con todo, volvemos al principio: mi libro está dedicado a un episodio histórico del debate y requeriría mucho más espacio aclarar todos los enfoques sociológicos del género.

¿Por qué no aparece siquiera mencionadas Agatha Christie o Patricia Highsmith, grandes damas del género?

Porque mi libro no es una historia del género, sino una investigación muy particular sobre un antagonismo entre dos escritores. Patricia Highsmith queda muy lejos de Doyle, de Chesterton y del periodo literario que analizo. Recuérdese, además, que el crimen le obsesionaba (aunque no mató a nadie) y que, por mucha violencia y crimen que contienen sus historias, ella negó que escribiera novela criminal. Puestos a hablar de otras escritoras habría preferido a Dorothy Sayers, que escribió la introducción a El almirante flotante, un relato que elaboraron juntos catorce autores del famoso Detection Club, incluyendo a la propia Christie y a Chesterton (Christie, por cierto, imaginó un final alternativo que Chesterton calificó de descabellado, pero que también se le ocurrió a él). Sayers, que era filóloga y tradujo la Divina Comedia de Dante y también ejerció de publicista, escribió en 1935 una de las mejores novelas de misterio de todos los tiempos, Gaudy Night (Los Crímenes de Oxford). Como dijo el propio Chesterton, Sayers fue una escritora prodigiosa “que escribía historias de crímenes como si pudiera escribir cualquier otra cosa”. También podría haber mencionado a otras escritoras posteriores, pero al hilo de una sugerencia de Chesterton que explico en el libro según la cual algunas obras de Shakespeare y de Austen podrían reescribirse como relatos detectivescos. Me refiero a La muerte llega a Pemberley, de P.D. James, una novela que empieza en 1803, seis años después de Orgullo y Perjuicio, y trata sobre el asesinato del marido de la hermana de Elisabeth. James imita el mundo de Austen pero, como aclaró irónicamente a propósito del final de Mansfield Park, implica a sus personajes en un tipo de hechos que espantaban a Austen. También podía haber hablado de Josephine Tey  y de su novela La hija del tiempo (que fue elegida en 1990 como la mejor novela de misterio todos los tiempos por la Asociación Británica de Escritores de Novela Negra), donde el inspector de Scotland Yard, el señor Grant (que Tey creó en 1929 y protagonizó cinco novelas), se pone a investigar durante una convalecencia si Ricardo III mató realmente a sus sobrinos (a Chesterton le gustó el libro de Clements Markham Ricardo III, escrito en 1903, donde se sostiene que Enrique VII fue el asesino de los príncipes). Pero todo esto nos llevaría a hablar demasiado sobre novela criminal e historia (véase también Una nueva versión de Ricardo III, de Chesterton, a propósito del famoso libro de Clements Markham de 1906), así que vuelvo al principio: mi libro sólo es una pesquisa sobre la oposición entre Doyle y de Chesterton y sobre lecturas marxistas de los dos. No podía abarcar a todas las autoras y todas las fórmulas, pero si escribiera más sobre este género, profundizaría en estas tres narradoras que acabo de mencionar: Sayers, Tey y James.

Como filósofo y entusiasta del género, ¿cree, como Chandler, que todo está corrompido en el mundo, salvo Marlowe?

Desde que Chandler dijo eso el mundo se ha corrompido mucho más, hasta límites inimaginables. Como se dice en un momento en El largo adiós, el delito organizado no es más que el lado sucio del capitalismo. Pero, ¿cuál es el lado limpio? Por otro lado, Marlowe representaba un tipo de héroe antiguo y Chandler inspiró un heroísmo sentimental que pasó a mejor vida hace mucho tiempo. Chandler dijo que “el detective es un héroe porque no es mezquino, ni está corroído ni tiene miedo, porque es un hombre común, pero poco usual, un hombre de honor, pero por instinto”. El mundo que se nos vino encima desde los años setenta requirió personajes muy distintos y otras narrativas mucho más extrañas. Pero de nuevo, me haces ir hacia adelante, cuando lo que yo he tratado es ir hacia atrás y transportar a los lectores a historias previas al surgimiento de un nuevo modo de criminalidad corporativa de la que, sin embargo, ya se percata un cura acostumbrado a resolver crímenes mucho más domésticos.

“Para Chesterton, la novela detectivesca es una alegoría de la vida moderna”