Shrek: de personaje de la contracultura a icono de franquicia de Dreamworks


    Han transcurrido más de 20 años desde el estreno de la primera película de ‘Shrek’ (2001), pero el ogro verde sigue aún muy presente en la memoria del público. También, a su manera, en las salas de cine: en ‘El Gato con Botas: El último deseo’, vuelve el héroe secundario de la saga doblado por Antonio Banderas. Ampliamente promocionada como una película integrada en el universo de ‘Shrek’, la nueva entrega contiene, además, varias referencias a la franquicia que podrían no ser gratuitas narrativamente, puesto que en la promoción Banderas ha adelantado que existen planes para ‘Shrek 5’.

    Mucho antes de servir al actor malagueño de plataforma para autoparodiar su personaje de ‘La máscara del Zorro’ (1998), el Gato con Botas fue un personaje literario, creado por el autor francés Charles Perrault en su famoso cuento homónimo del siglo XVII. Menos conocido es que el propio Shrek también lo fue: el protagonista de la franquicia más exitosa de Dreamworks no dio realmente sus primeros pasos en aquella escena inicial donde era presentado a ritmo de Smash Mouth, en su ciénaga y limpiándose el trasero con una página de un cuento de hadas, sino en un álbum de imágenes del estadounidense William Steig titulado ‘¡Shrek!’, publicado en 1990 (y recientemente reeditado en España por Blackie Books, con traducción de Jorge de Cascante).

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    De apenas 30 páginas, el libro no contenía una trama tan elaborada como la de la película de Andrew Adamson y Vicky Jenson, aunque sí varios de sus elementos clave. Además del ogro del título —un homenaje de Steig a sus raíces judías, puesto que la palabra ‘shrek’ viene del yiddish y significa ‘miedo’ o ‘escalofrío’—, aparecían también un burro parlante y una princesa atrapada en un castillo. La semilla de la parodia de los cuentos estaba presente, puesto que Shrek, como en la película, acababa encontrando el amor de manera inesperada; si bien esa princesa de mal ver no se trataba exactamente de una ogra, ni se decía que estuviese bajo el influjo de ninguna maldición, ni se llamaba Fiona.

    En una órbita cercana a la del escritor británico Roald Dahl, reminiscencia a la que contribuía la semejanza de los dibujos con el estilo de su ilustrador Quentin Blake (con quien, precisamente, el propio Steig colaboró en el cuento ‘Wizzil’, del año 2000), el protagonista de ‘¡Shrek!’ era mucho más desagradable y maligno que el de las películas. Capaz de lanzar llamaradas “malolientes y putrefactas” por la boca, fuego por los ojos, humo por las orejas, con sangre venenosa y la habilidad de alimentarse de rayos en las tormentas, el personaje no tenía nada de tierno ni aspiraba a ninguna redención. La comicidad del libro se basaba estrictamente en el asco que daba el antihéroe, algo que en las películas se reorientó hacia los chistes escatológicos, con un notable edulcoramiento de todas sus demás facetas. Pese a ello, William Steig, que tenía 93 años cuando se estrenó la adaptación, le dio el visto bueno: “Es vulgar, es repugnante… ¡y me encanta!”.

    Un ideal de horripilancia inalcanzable

    Steig fue uno de los dibujantes clásicos del medio The New Yorker, para el que, desde 1930, realizó 117 portadas y más de 1.600 ilustraciones. Su entrada en la literatura infantil sucedió de manera tardía, cuando ya había superado los 60 años. Tiempo antes de que ‘¡Shrek!’ se convirtiera en su trabajo emblema con la ayuda del cine, el libro más popular del autor fue ‘Silvestre y la piedra mágica’ (1969), que le granjeó notables enemistades al retratar a los policías como cerdos. Publicado en el contexto de las protestas contra la guerra de Vietnam y el desarrollo del movimiento hippie, en algunas partes de Estados Unidos hubo quien lo interpretó como una burla, lo que provocó que fuese censurado en colegios y bibliotecas.

    El dibujante estaba enormemente influido por el psiquiatra y sexólogo austriaco Wilhelm Reich, que fue su terapeuta. Steig, de hecho, impulsó en su país la publicación del ensayo ‘¡Escucha, hombrecillo!’ (1948), al que aportó ilustraciones. Planteado como un “discurso sobre la mediocridad”, atacaba las convenciones burguesas socialmente establecidas, la destrucción de lo diferente y las llamadas al orden y la autoridad. El texto de Reich cobró aún mayor relevancia en la década de los sesenta, por su huella en la incipiente contracultura, la reivindicación de la Universidad de Frankfurt o las pintadas con extractos de su obra por parte de movimientos estudiantiles franceses en Mayo del ‘68. Una muestra evidente del peso del autor en la producción de William Steig quedó reflejada en el libro ‘The Agony in the Kindergarten’ (1950, traducible como ‘La agonía en la guardería’ e inédito en España), dedicado al psiquiatra, acerca de la represión y la inhibición sistemática de los niños.

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    Dreamworks

    Algo de todo ello quedó en ‘¡Shrek!’. En la tesis ‘Happier than ever to be exactly what he was: Reflections on Shrek, Fiona and the magic mirrors of commodity culture’ (2014), el profesor Lewis Roberts confrontó las películas de Dreamworks con el libro de William Steig y concluyó que la saga cinematográfica subvertía el discurso del original para “ofrecer modelos de identidad basados en el consumo y enraizados en la cultura de la mercancía”. Para Roberts, el libro de Steig tenía más que ver con la crisis de subjetividad puramente infantil que atraviesa Shrek, tras ser expulsado de casa por sus padres en las primeras páginas: se enfrenta a que su “ideal de horripilancia” es inalcanzable y tiene pesadillas en las que no asusta a los niños, sino que les divierte. El Shrek del cuento habría tenido pesadillas, en definitiva, con el Shrek del cine.

    El gulag de un Reino Muy, Muy Lejano

    Los planes de llevar a la gran pantalla el libro de William Steig comenzaron prácticamente al momento de su publicación. En 1991, Steven Spielberg compró los derechos con el fin de producir una película de animación tradicional, proyecto al que llegaron a estar atados Bill Murray para el papel de Shrek y Steve Martin para el de Asno. El plan se reactivó muy poco después con la fundación de Dreamworks, en la que coincidieron como socios el propio Spielberg y Jeffrey Katzenberg, quien acababa de salir de Disney por la puerta de atrás debido a un enfrentamiento con el director ejecutivo Michael Eisner.

    Katzenberg se cobró la venganza hacia Disney compitiendo, desde Dreamworks, con películas conceptualmente cercanas a aquellas que él sabía que estaban en producción en la compañía del ratón: debido a eso, por ejemplo, en 1998 se estrenaron casi simultáneamente ‘Bichos, una aventura en miniatura’ y ‘Antz (Hormigaz)’, o en 2004 ‘Buscando a Nemo’ y ‘El espantatiburones’.

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    Dreamworks

    Con ‘Shrek’, Dreamworks plantaba cara al estreno de Pixar de 2001, también sobre criaturas horripilantes que intentaban dar miedo: ‘Monstruos, S.A.’. Pero su evocación de los cuentos de hadas era una excusa perfecta para lanzar un puñado de dardos extra. Así, la película se erigía en alternativa cínica de la tradición Disney, con un libro de cuentos abriéndose al principio a la manera de ‘Pinocho’ (1941) o ‘La Cenicienta’ (1950) para ser ridiculizado, un villano, Lord Farquaad, cuyo reino es un parque de atracciones o pájaros que explotan cuando la princesa de turno, como en ‘Blancanieves y los siete enanitos’ (1937), intenta hacerles cantar notas demasiado agudas.

    La utilización posmoderna de los tropos de género como algo que los personajes de la historia conocían tan bien como los espectadores (a la manera de ‘Scream’, que en ese mismo 2001 tuvo su tercera entrega), aparte, se encontraba muy en boga. Para el coguionista Terry Rossio, según contó recientemente a The New York Times, lo atractivo de la propuesta era llevar esa autoconciencia al terreno de la fantasía infantil, con un gran modelo pionero de 1987 como era ‘La princesa prometida’ o la película más completa de la historia. A ello se sumaba el objetivo de romper de lleno con las tendencias hegemónicas en la animación y diseñar el montaje de ‘Shrek’ a partir de un molde de comedia indie, con canciones de la MTV en lugar de números musicales.

    La película llegó en un momento en el que Dreamworks, al margen de la guerra empresarial, también estaba en busca de su propia identidad. ‘Shrek’ fue, en principio, un experimento con animación por ordenador que tenía poco que ver con trabajos anteriores del estudio como ‘El príncipe de Egipto’ (1998) o ‘La ruta hacia El Dorado’ (2000) y pretendía seguir la senda de ‘Antz (Hormigaz)’, con chistes pretendidamente para adultos y algunas serias complicaciones más, dada la alta densidad de personajes humanos.

    La producción se había ganado un estatus de malditismo por la gran cantidad de reescrituras que habría sufrido el guion, los problemas en la animación o la entrada y salida de personal, desde productores hasta directores. ‘Shrek’ era el lugar al que iban desterrados los trabajadores de ‘El príncipe de Egipto’ que cometían errores. Entre el personal de Dreamworks, era habitual referirse a la película como “el gulag” o “Siberia”. Nadie ha confirmado si la ocurrencia de convertir la ciénaga de Shrek en un gueto de personajes de cuentos de hadas surgió como broma interna.

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    Para colmo, Chris Farley, el humorista que iba a dar voz al ogro y cuya personalidad había servido como base para el tono de la comedia, murió de sobredosis en 1997, con la práctica totalidad de sus frases grabadas. La entrada de Mike Myers (que no fue tampoco el sustituto inmediato: al parecer, el papel le fue ofrecido antes a Nicolas Cage, que lo rechazó por miedo a que los niños subsiguientemente le percibieran “como un ogro”) alteró otra vez el estilo de la película, al pedir un nuevo guion que se ajustase a su idea del personaje, muy diferente a la de Farley.

    Con él, también cambió la historia. En el Shrek de Farley iban a aparecer los padres, con los que el protagonista rompía porque no quería seguir la tradición familiar de asustar, sino convertirse en un caballero andante. A Myers, en cambio, le interesaba interpretar a un ogro más gamberro y gruñón. No solo eso: una vez que terminó de grabar sus frases, cambió nuevamente de opinión sobre el enfoque y pidió regrabarlas con otro registro, muy parecido al de su personaje Gordo Cabrón en ‘Austin Powers: La espía que me achuchó’ (1999). El ajuste costó 5 millones de dólares adicionales a Dreamworks. Según el historiador experto en animación Jim Hill, cualquier trabajador involucrado en el ‘Shrek’ de Chris Farley aseguraba que aquel era “infinitamente mejor” al que vio la luz.

    hollywood, ca november 14 actordirector mike myers arrives at the 18th annual hollywood film awards at the palladium on november 14, 2014 in hollywood, california photo by axellebauer griffinfilmmagic

    Axelle/Bauer-GriffinGetty Images

    Pero el que vio la luz, con Eddie Murphy y Cameron Diaz como compañeros de reparto, arrasó contra toda expectativa. Incluso compitió en Cannes en 2001, junto a ‘Mulholland Drive’ de Lynch, ‘La pianista’ de Haneke o ‘La habitación del hijo’ de Moretti, que fue la que se acabó imponiendo en la carrera hacia la Palma de Oro. Su legado cultural es incontestable, desde el agujero negro de memes que sigue generando por parte de espectadores que crecieron con la película (entre los que, por su envergadura, cabe destacar ‘Shrek Retold’, el remake clandestino de 2018 dirigido, escena por escena, por unos 200 seguidores) hasta su influjo en el cine de animación posterior, altamente discutido, dada la avalancha de títulos doblados por estrellas y trufados de referencias pop que asaltaron la cartelera en los años posteriores. Hay quien ha llegado a trazar una línea directa desde ‘Shrek’ hasta la existencia de productos tan vilipendiados como ‘Emoji: La película’ (2017).

    Katzenberg tuvo su momento de gloria, puesto que no solo superó en taquilla a la contendiente de Disney de ese año (‘Atlantis: El imperio perdido’), sino que ‘Shrek’ ganó el primer Oscar a la Mejor Película de Animación, categoría inaugurada en 2002, y dio una lección con Dreamworks: cómo encarrilar un estudio. Y William Steig, fallecido en 2003, dejó bien provista a su familia: aparte de los derechos de autor y el enorme aumento de las ventas del cuento, hasta su hijo, el flautista de jazz Jeremy Steig, acabó trabajando en la saga como el Flautista de Hamelín. Como en un cuento de hadas, ‘Shrek’ inequívocamente ha logrado hacer a muchos felices para siempre.

Shrek: de personaje de la contracultura a icono de franquicia de Dreamworks