Un mundo de opiniones contundentes sobre qué fue el 8 de enero brasileño

Un recorrido amplio, fatalmente incompleto, pero aceptablemente diversificado de opiniones y análisis sobre los acontecimientos del domingo 8 en Brasilia, a continuación. La compilación resulta en un conjunto pasablemente uniforme de algunos enfoques y preocupaciones comunes. En un nivel mínimo, de Tokio a Montevideo pasando por Pekín y París, analistas y periodistas en radio, tevé y prensa gráfica advierten sobre la necesidad de defender a la democracia. O de modo más minimalista, a los gobiernos legalmente constituidos, de impugnaciones destituyentes y de violentos ataques energizados por una rebeldía ilegítima en sus causas y sus fines.

Fue una revuelta violenta contra un Gobierno democrático legítimo

El segundo domingo de enero, escribe Ishahan Taroor desde la capital de EEUU en la portada del martes 10 de enero de “Today’s Worldview”, la capital de Brasil sufrió “el asalto de la revuelta anti democrática cpnducida por una turba violenta”.

Para la Agencia de Noticias oficial china Xinhua, el “gobierno” de Brasil y Lula el “presidente” de la “nación” fueron atacados y la embestida está dirigida contra “la rearticulación de los considerados gobiernos progresistas bajo el discurso de superar la desigualdad social a través de procesos de inclusión”. En virtud de ser la autoridad establecida respetando las reglas del Estado, y en virtud de su programa popular, es una “democracia legítima” el Brasil.

A quienes asaltaron la capital brasileña faltaba esta doble legitimidad; ningún levantamiento triunfa sin ellas; Pablo Giuliano, escribiendo para Xinhua, y buscando la clave del futuro institucional brasileño, la halla en el apoyo de los 27 gobernadores reunidos con Lula, quien asegura un porvenir donde “su Gobierno no será ‘tibio’ para identificar a quienes financiaron a miles de personas que invadieron y destrozaron la casa de Gobierno, el Congreso Nacional y el Supremo Tribunal Federal”. La Agencia china sólo usa entrecomillada, en textuales Lula, las palabras “golpe” y “golpistas”. Las elecciones dirimidas por el voto de autoridades entre candidatos de partidos rivales son una modalidad entre otras por las que se constituye un gobierno legítimo. Los negacionistas del triunfo de Lula en el balotaje, son destituyentes por oponerse a un uso de la norma vigente concertada.

Ishahan Taroor completa su título con que “la mano de EEUU” estuvo detrás de la revuelta. Muchos analistas coinciden en clasificar los hechos del domingo como un avance más, nuevo en su osadía y magnitud, en nada nuevo en su ideología y significación, del avance de la derecha autocrática, peligro mayor actual para las democracias occidentales y americanas. Sus ejemplos más conspicuos siguen siendo los dos presidentes de EEUU y Brasil, que llegaron al poder en elecciones libres pero como candidatos anómalos en sus sistemas políticos donde representan a un electorado varón, popular, inculto, obrero no calificado, blanco, religioso, tradicional.

Fue la sublevación popular desbordada del electorado chatarra del Trump de los Trópicos

El electorado de Jair Bolsonaro y Donald Trump se parece en buena medida al electorado del Brexit, las gentes inmóviles, fijas a su territorio, que no emigran ni cursan estudios en otras partes, ni cambian de Chicago a Harvard y a Washington (como Obama) ni viven entre megalópolis y condo de lujo (como Trump) ni hicieron su itinerario ascendente de San Pablo a Rio y de ahí a Brasilia (como Bolsonaro) ni de Pernambuco a San Bernardo y de ahí a Brasilia (como Lula), según sugería en un curso difundido por Radio France el politólogo holandés  Luuk Van Middelaar.  

Trump derrotó al partido Demócrata en 2016, y Bolsonaro al Partido de los Trabajadores (PT) en 2018. La adhesión mutua de dos presidentes de derecha en los más voluminosos países de las Américas del Norte y del Sur fue y es interpretada como imitación no siempre deficiente, no siempre lograda, del millonario de Twitter y las redes sociales en hemorragia permanente, por el ex capitán paracaidista del Ejército: el “Trump de los trópicos”, el mediático especulador de Nueva York emulado por el ex diputado federal por Río de Janeiro.

Fue un homenaje deliberado y una parodia involuntaria del asalto al Capitolio de Washington del 6 de enero de 2021

Ishahan Taroor decía en 2021 que Bolsonaro miraba a cada paso el manual de Trump, antes de tomar partido e intervenir en las guerras culturales, de tomar partido en la posición anticuarentenas (Trump no era antivax, sin embargo, como el brasileño), de adoptar una postura de escepticismo y desidia ante el cambio climático. El mismo analista vio ahora en el 8 de enero 2023 de Brasilia un calco aspiracional de “actores que seguían como podían el libreto del 6 de enero 2021 y del asalto al Capitolio de Washington”. Siempre Bolsonaro dos años más tarde que Trump. En la capital brasileña habría brindado el ex presidente derechista que ese domingo estaba en Orlando, un espectáculo de oprobio globalmente vistoso, como los de su modelo Trump, payaso siniestro salido de la televisión chatarra. En el asalto a Brasilia, por la interpósita persona de una tropa de miles de ‘bolsonaristas raíz’.

“Bolsonaro se apartó del conservadurismo brasileño tradicional al hacer la mímica de la derecha de EEUU, en especial al volverse cruzado de las causas de la derecha alternativa, al ponerse en la vanguardia de las guerras culturales. Sumado al culto de la libertad para acumular un arsenal personal de armas de fuego adquiridas sin engorros de burocracias comunistas”, asocia Andre Pagliarini. Este historiador que enseña “Historia de Brasil” en el Hampden-Sydney College, una universidad privada progresista del estado de Virginia, sólo para varones apunta que la imitación era a ultranza, sin melindre ninguno.

Desde luego, no faltaron análisis construidos sobre la premisa marxiana de que la tragedia, si la Historia la repite, la repone en escena como farsa. Así la opinión de Rubens Barbosa. Sin embargo, el Presidente del Centro de Estudios de Defensa y Seguridad Nacional (CESEDEN) califica a la farsa brasileña de “mucho más grave” que la tragedia norteamericana.

Fue un golpe de teatro de la nueva derecha que puso en escena sus firmes lazos transnacionales

En EEUU, la Casa Blanca, y medios, periodistas, analistas y especialistas afines con el Partido Demócrata, enfatizan las semejanzas trasnacionales de una derecha ‘populista’ globalmente amenazadora. Un contrato político desigual, con métodos y valores reaccionarios, neofascistas, en sus bases, y en el culto de esas bases por sus líderes, antes que del ‘pueblo’ por su Duce o Conducator.

El mismo énfasis en la identidad transfronteriza de la nueva derecha recurre en el Brasil en voces afines con el PT en el poder desde el 1° de enero. Pudo oírse a Víktor Chagas, profesor de la Universidad Fluminense en Río de Janeiro, postular que “el 8 de enero fue una imitación meditada del 6 de enero, una reproducción del trumpismo en acción, una signo y un símbolo de la potencia y las conexiones transnacionales que unen y enlazan a una nueva derecha global”.

Las diferencias, sin embargo, son importantes. Hay aspectos que se visibilizan precisamente gracias a que su ausencia surge de la comparación de las alas del díptico de las dos Capitales –que también son semejantes en el ser ‘capitales profesionales’, ciudades concentradas en esta función administrativa, sin otra vida urbana más allá. “Una diferencia importante que así me salta a la vista es que las FFAA de EEUU jamás tomaron partido, fueron el 6 de enero de 2021, como antes, como después, fieles a la Constitución. En cambio, las tendencias políticas de las FFAA y de la Policía brasileñas son un misterio, y son siempre menos neutras, más ambiguas, pero pronunciadas, vivaces”, escribe el director de American Quarterly, Brian Winter, en la página de la revista trimestral que dirige.

Sobre el futuro de los próximos meses, canibalizados por un solo domingo, Winter ve como asunto cardinal: “Lula debe dar prueba fehaciente de que en Brasil la ley y la democracia están por delante de todo y por encima de todos y todas.  Debe castigar a los culpables. Pero es fundamental que lo haga sin alienarse instituciones enteras y sin llamar golpista a ese 49% del electorado que en el balotaje presidencial del 30 de octubre no votó por él sino por Bolsonaro”.

Fue neofascismo

Desde París, donde está exiliada desde el triunfo bolsonarista de 2018, la filósofa brasileña Márcia Tilburi reacciona con serenidad a 8 de enero: “Para quienes como yo hayan vivido desde dentro el mar de fondo que se agita contra la democracia y conozcan el funcionamiento del fascismo, el asombro es limitado. Yo denuncio el neofascismo brasileño desde 2017: ¿Qué derecho tendría ahora a mostrarme escandalizada?”, reacciona para el diario progresista francés Libération.

Tilburi condensa en un análisis funcional se neofascismo nacional pero no excepcional que votó por Bolsonaro: “Mi país es el laboratorio de un proyecto político publicitario, en parte vinculado con el que EEUU tiene a Trump y Steve Bannon a la cabeza. La democracia se ve vaciada de su sustancia en provecho de una forma de marketing político y de las bodas entre un fascismo de viejo cuño y el tradicional neo liberalismo. A esto se debe que siempre dote a sus manifestaciones políticas de una dimensión espectacular”.  Al flamante gobierno de Lula, al que toca enfrentar “el núcleo duro del fascismo, su corazón, que late ahora en Brasil: la negación y el odio del otro”, la filósofa asigna un “deber: poner límites muy claros. La ley tiene que servir como escudo”.

Fue un castigo a la clase política por despreciar a la democracia liberal

Hay quienes, como Federico Rampini en Il Corriere della Sera,  allí donde Tilburi, y no sólo ella, ven fascismo, en vez de ese extremismo connacional este economista italiano ve antiliberalismo, descuido, abandono (en todo lo cual el fascismo, pero no sólo el fascismo, incurre) de la primacía del juego limpio: “La democracia liberal funciona si se reconoce la legitimidad del adversario, y si aceptamos oír al otro y cederle el lugar cuando perdemos, porque ganó con tanto respaldo como nosotros cuando ganamos. Sólo gracias a la libre competencia electoral vamos a volver”.

Más liberalismo político, es la moraleja de Rampini para Lula: “menos demonizar al rival”. Brasil, a diferencia de EEUU, no es una democracia constitucional liberal desde 1787. Recién lo fue dos siglos después, a partir 1988. “Democracia o muerte es un slogan menos intuitivo en Brasil”, advierte. No ha de extrañar que The Economist y Foreign Affairs expresaran esta semana buenos deseos análogos para Brasil, porque son publicaciones que distribuyen ese desear a un destinatario universal.

Fue terrorismo

En San Pablo, la semióloga brasileña Lygia Maria encuentra, como otras voces también hallaron y expresaron en coincidencia conceptual espontánea, que el corazón de las tinieblas de la experiencia del 8 de enero es el terrorismo.  “En un sentido generoso -opina esta doctora de la Pontificia Universidad Católica paulista-, el crimen consumado en Brasilia bien puede ser considerado como acción terrorista -aunque la legislación brasileña, en la Ley de 2016, tipificó el delito de terrorismo restringiéndolo a hechos delictuosos cometidos por motivo de xenofobia o movidos por prejuicio racial, étnico o religioso. Pero en Brasilia, autoridades y población fueron rehenes, cautivadas por extremistas que abusaron de la violencia sobre las personas y sobre las cosas para alcanzar sus objetivos. Terror puro y simple”.

También como terroristas, como término más abarcador,  fueron definidos los hechos del 8 de enero en una Nota de repudio redactada y firmada por los Tres Poderes del Estado en Brasilia: “las acciones terroristas, de vandalismo, criminales y golpistas”. Al final, recién, el término golpistas. Colocado en último lugar, porque el golpismo es una noción, una construcción, no la descripción de un hecho clasificable a simple vista, por la acción o por sus efectos, como vandalismo: si la cuarta calificación no se probara, las tres primeras incriminaciones bastan para concitar castigo, habría remarcado Rose Weber, presidente del Supremo Tribunal Federal (STF).  

Fue el imperialismo norteamericano

Desde la izquierda latinoamericana, una vertiente de opinión prefiere, al subrayado de lo distintivo que haría una novedad de la derecha de Bolsonaro y Trump, el reconocimiento de la reaparición del viejo imperialismo de EEUU al acecho de su ‘patio trasero’. Una potencia colonial jamás desatenta a la hora de quitar el oxígeno a democracias que crecen, o podrían hacerlo, a contrapelo de sus intereses, apunta el analista político Luis Alberto Echazú Alvarado.  

También boliviano, el escritor y periodista Ernesto Calizaya ejemplifica con solvencia a la vez que conceptualiza qué eje sostiene esta línea de análisis, al indicar que los gobiernos latinoamericanos deben estar alerta y unirse contra estas amenazas de desestabilización política, económica y social a sus gestiones que no comulgan con la política estadounidense. A decir del experto, “no es ningún descubrimiento que EEUU opera para desestabilizar a los países donde los gobiernos no son sumisos a sus intereses políticos e ideológicos”. Manifestó que no es casualidad que gobiernos de derecha funcionales a los intereses de las administraciones norteamericanas busquen y encuentren refugio en EEUU, luego de perder elecciones. 

Qué hacer con eso que fue

En todos los casos, los análisis más detallados se leen en Brasil. Más del 90% de las personas encuestadas en sondeos al respecto, repudian la violencia del 8 de enero.

A su manera, todos los análisis brasileños, sin excepción, compadecen al presidente Lula. El ocuparse debidamente de la cuestión, sobre lo que tampoco nadie prevé desatención o ligereza, le restará al inicio del gobierno tiempo y energía. Ni en las columnas más rutinariamente antipetistas, como algunas del Estadão paulistano, despunta alegría por la desgracia ajena

Un mundo de opiniones contundentes sobre qué fue el 8 de enero brasileño