Arthur Penn y la fascinación por la violencia

El nombre de Arthur Penn (Filadelfia, 1922 – Nueva York, 2010) ha quedado relegado a una segunda línea entre los grandes directores estadounidenses de la segunda mitad de siglo XX y, sin embargo, no se pueden entender las derivas que tomó el cine de Hollywood a partir de los 60 sin repasar la filmografía de este hombre extremadamente educado y cordial, como lo definían quiénes le conocieron.

Penn, que era un liberal de izquierdas influido profundamente por el cine de la Nouvelle Vague, fue el primero que supo capturar en pantalla el zeitgeist de su convulsa época. Bonnie and Clyde (1967) fue un título seminal para una nueva forma de plasmar la violencia en la pantalla. Con ella, el director abrió las puertas para que Sam Peckinpah, Francis Ford Coppola o Michael Cimino rodaran filmes tan memorables (y con litros de hemoglobina tiñendo la pantalla) como Grupo salvaje (1969), El padrino (1972) o Un botín de 500.000 dólares (1974).

Bonnie and Clyde pretendía ser una versión romántica y con toques de humor de las películas de gánsteres de los años 30. Aunque en un principio la película fue ofrecida a François Truffaut, finalmente fue Penn quién acabó rodando el guion de Robert Benton y David Newman sobre estos dos atracadores de banco que interpretaron Warren Beatty y Faye Danaway. Ambos personajes están lejos de amoldarse al arquetipo de héroe clásico, representando una fuerza antisistema y libre que emprende un camino sin retorno plagado de asesinatos.

La escena clave del filme es el clímax final: un montaje de planos de disparos de fusiles automáticos encadenados con los protagonistas recibiendo balazos y agonizando. Esta escena (al igual que las atrevidas metáforas sexuales que siembra Penn a lo largo del filme) no solo se oponía al anticuado Código Hays que regulaba desde 1934 la moral de las películas sino que, al utilizar la cámara lenta, insuflaba poesía a una inusitada violencia gráfica. Francis Ford Coppola manifestó en alguna ocasión que la muerte de Sonny Corleone en El padrino estaba claramente influida por la escena final de Bonnie y Clyde.

Faye Danaway y Warren Beatty en'Bonnie y Clyde'


Faye Danaway y Warren Beatty en ‘Bonnie y Clyde’

“Ustedes están preocupados por el carácter violento de mis películas”, comentaba en un encuentro con la prensa en el Festival de La Habana en 1991, quizá ya un poco hastiado de que siempre le recordaran el mismo tema respecto a sus filmes. “Yo vivo en una sociedad violenta, y me limito a expresar la violencia de esa sociedad en que vivo. Mi lenguaje no es sólo obra mía, sino en parte también una consecuencia del tiempo y del lugar donde me ha tocado vivir”.

Los años de la contracultura

La grata experiencia con Bonnie y Clyde, que fue nominada a ocho premios Óscar -de los que ganó el de actriz secundaria para Estelle Parsons y el de fotografía para Burnet Guffey-  le llevaría a abordar frontalmente la contracultura de finales de los 60 en El restaurante de Alicia (1969), que adaptaba una canción de Aldo Guhtrie, el hijo del mítico cantautor Woody Guhtrie, el mismo año que se estrenó Easy Rider (Dennis Hooper).

Aunque fue nominado a mejor director, Penn pecaba de cierta inocencia en este filme que se estrenó en el mismo mes de agosto en el que la Familia Manson asesinó a la actriz Sharon Tate y otras cuatro personas en Cielo Drive. El tiempo, además, no la ha tratado demasiado bien, a pesar de las valiosas actuaciones musicales que contiene, tanto de un Aldo Guhtrie que protagonizaba también el filme como del músico folk Pete Seeger.

Un año después, Penn todavía seguiría cultivando el cine contestatario con su épico wéstern Pequeño gran hombre (1970), un filme que mezcla tonos para pasar de una divertidísma parodia sobre los chiches del género a una sombría denuncia del genocidio que sufrieron los indios en Norteamérica y que, al mismo tiempo, se podía leer como una parábola de la Guerra de Vietman. El filme estaba protagonizado por un entregado Dustin Hoffman y fue todo un éxito en su momento, convirtiéndose en el wéstern más taquillero de todos los tiempos en 1970.

Dustin Hoffman en'Pequeño gran hombre'


Dustin Hoffman en ‘Pequeño gran hombre’

No fue el único que rodó Penn, ya que su ópera prima fue El zurdo (1958), un original retrato de Billy el niño con Paul Newman como protagonista, y después rodaría Missuri (1976), su acercamiento al género más extravagante e insólito, quizá algo desquiciado por la excesiva interpretación de Marlon Brando de un cazarrecompensas. Mucho mejor fue el desempeño de Brando como sheriff íntegro y justo en La jauría humana (1966), el otro gran clásico de Penn, rodado poco antes de Bonnie y Clyde.

La disputa con Sam Spiegel

Este filme mantiene hoy su fuerza intacta, a pesar de que Penn renegó de él en más de una ocasión por la intromisión del poderoso productor Sam Spiegel en el montaje, que pretendía rebajar la apuesta por la violencia cruda y realista. Sea como fuera, La jauría humana radiografía con pulso y tensión la degradación moral de la sociedad estadounidense a partir de la persecución que sufre un preso fugado (Robert Redford) por parte de los racistas y corruptos habitantes de su pueblo. 

Nacido en 1922 en Filadelfia en una familia descendiente de rusos judíos, Penn combatió en la Segunda Guerra Mundial y a su vuelta probó suerte en la interpretación, aunque empezó a hacerse un nombre en la dirección con adaptaciones teatrales y telefilmes para la NBC.

Esto le emparenta con directores como John Frankenheimer y Sidney Lumet, que también partieron de la pequeña pantalla, y lo alejaba de la generación del Nuevo Hollywood formada por Brian De Palma, George Lucas, Francis Ford Coppola o Steven Spielberg, cuyo acercamiento al cine fue más académico, pero que tanto debían a Penn por sus valientes primeras películas. 

Marlon Brando y Robert Redford en'La jauría humana'


Marlon Brando y Robert Redford en ‘La jauría humana’

Ellos serían quienes dominaron Hollywood en las décadas siguientes, mientras la carrera de Penn iba perdiendo interés a cada nuevo trabajo, aunque filmes como el thriller La noche se mueve (1977) o el drama Georgia (1981) aún sean rescatables.

Como lo es El milagro de Anne Sullivan (1962), su segundo largometraje, basado en una obra de teatro de William Gibson que primero llevó a la televisión en 1957 y que posteriormente llevaría a las tablas (durante toda su trayectoria, Penn se mantuvo muy ligado al mundo del teatro). Aún hoy sorprende la puesta en escena que monta el director para el lucimiento de Anne Bancroft y Patty Duque como maestra y alumna sordomuda, respectivamente.

Arthur Penn y la fascinación por la violencia