De donjuanes – SevillaInfo

Noviembre sigue siendo el mes de los muertos y del Tenorio, a pesar de los “jalouin”. Ya no se encienden mariposas o lamparillas de aceite, cada vez se espera con más ansiedad el Black Friday y, me temo, que pronto celebraremos el día de Acción de gracias. Personalmente acepto el fluir inevitable del paso del tiempo, que es quien marca, al fin, las costumbres.

A  pesar de todo, la obra de José Zorrilla, de 1844, se sigue representando en los teatros (actualmente en Madrid, Alcalá de Henares, El Escorial, Guadalajara, Murcia, Las Palmas, Sevilla, en sala y en el propio cementerio y en otros lugares también fuera de España); y esto ocurre aunque la generación ahora llamada Z no sepa ni de quién estoy escribiendo. Precisamente por eso parece de justicia recordar a este personaje, que sigue siendo inmortal.

Don Juan es un libertino, calavera y canalla que, quizá afectado por un narcisismo infinito o por una  patología amatoria, disfruta seduciendo a cuantas mujeres puede y alardea de ello.

El primer donjuán aparece en la obra “El burlador de Sevilla y el convidado de piedra”, en 1630 y se atribuye a Tirso de Molina, aunque hay quien dice que su autor fue Andrés de Claramonte. En ella, tras seducir a Isabel, Tisbea y doña Ana de Ulloa, entre otras muchas correrías, termina arrastrado a los infiernos por el padre de la última, que cree así vengado el honor de las doncellas. En la comedia de Corneille “Dom Juan ou le festin de Pierre” (1665) el protagonista tiene sus dudas religiosas, finalmente se arrepiente y pide confesión, aunque el Comendador se la niega. Le siguen otras muchas versiones: Carlo Goldoni ,”Don Juan o el castigo del libertino “; Lord Byron, en el poema “Don Juan”; José de Espronceda, “El estudiante de Salamanca”; Prosper Mérimée, que lo presenta con dos personalidades encontradas en “Las almas del purgatorio o los dos don Juan”; Alexandre Dumas, “Don Juan de Marana ou la Chute d’un ange”; Max Alexander Pushkin, “Kamenyi Gost”; George Bernard Shaw “Man and Superman”; Rudolf Frisch, ya a mediados del siglo veinte, en su comedia-parodia “Don Juan o el amor a la geometría” y muchos otros. Y también en otras disciplinas, películas, obras pictóricas y musicales, de las que hay que destacar el “Don Giovanni” de Mozart.

El de Zorrilla triunfa sobre otras versiones quizá porque resulta, en el fondo, una buena persona. Utiliza a las mujeres como piezas de una colección, discute estadísticamente con don Luis sobre cuál de los dos tiene un historial más perverso pero, al final de su vida, es decir, de la obra, se arrepiente de haber sido un tarambana y se redime por el amor de doña Inés

Este donjuán faldero y machista, si lo miramos desde la perspectiva actual, tiene la delicadeza de no revelar los detalles íntimos de sus conquistas y, en el escenario lúgubre del cementerio, la obra acaba con un final feliz.

Pues bien, el mito sigue existiendo; ahora los malandrines no sacan sus espadas y asaltan los conventos (creo), sino que campean por las redes y hacen caer en ellas a mujeres teóricamente libres y no a ingenuas campesinas o novicias. Ha nacido así un nuevo modelo de estafador sentimental.

Se sigue programando la obra en los teatros, pero lo que me llena de gozo por la vigencia literaria me preocupa en lo humano, porque no en todos los casos aparece la redención doñainesca, como en el Don Juan Tenorio de Zorrilla.

Parece mentira que el corazón atienda tan poco a las razones de la razón y los donjuanes y doñasjuanas, que haberlas  haylas, sigan haciendo estragos.

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