el cambio al nuevo terror

El terror es uno de los géneros cinematográficos que más ha cambiado a lo largo del tiempo, adaptándose de manera casi ejemplar al paso de las décadas, a las transformaciones del público y los medios de distribución. Con el paso de los años, hay películas que han llegado a ver cómo su propia identidad desaparecía. Así, muchas cintas de terror clásicas se han vuelto otra cosa: su incapacidad para crear inquietud en los espectadores las ha convertido en objetos casi museísticos de un fantástico festivo y, en ocasiones, prácticamente cómico. De hecho, ese parecía ser el futuro del cine de terror durante muchos años, aparentemente condenado a la pérdida de sus aristas y la conversión definitiva en una curiosidad. Pero, ya lo hemos dicho, el género ha sabido reinventarse de manera casi infinita y la llegada de las plataformas de streaming al ecosistema ha hecho que las franquicias y las denominadas propiedades intelectuales se vuelvan omnipresentes. El propio terror se ha domesticado, poniendo curiosamente en valor a algunas de sus viejas expresiones. Un ejemplo perfecto de este proceso es la nueva entrega de la saga Hellraiser (id., 2022).

Empecemos por las buenas noticias: esta Hellraiser es la mejor entrega de la serie desde la ya lejana Hellraiser V: Inferno (id., 2000), cinta firmada por un Scott Derrickson debutante en el largometraje que terminaría realizando esa joya del terror moderno que es Sinister (id., 2012) o el Dr. Strange (id., 2016) de Marvel y actualmente triunfa con otra cinta de terror como Black Phone (The Black Phone, 2021). Sin embargo, aquella no dejaba de ser una cinta completamente independiente salpicada con alguna aparición del mítico Pinhead, una práctica que se daría en otras de las posteriores películas y que respondía a una costumbre muy habitual en el cine de terror directo a video. El caso es que tras Hellraiser V: Inferno se estrenaron otras cinco cintas más, que iban siendo cada una peor que la anterior. Así hasta hasta llegar a esas dos obras cumbres de la incapacidad cinematográfica que son Hellraiser: Revelations (id., 2011) y Hellraiser: Judgement (id., 2018). Si queréis leer cómo Jorge Soto la evisceró en el Taparrabos de Conan de nuestra revista, podéis leer este artículo.

Lo anterior debería servir para situarnos en el estado actual de la franquicia/saga/serie de películas que responde al nombre de Hellraiser. Se trata de una inesperada y casi increíble sucesión de cintas nacidas a partir de la magistral adaptación realizada por el propio Clive Barker de su novela corta El corazón condenado. No vamos a tratar aquí en profundidad la génesis de la primera entrega ni su original literario porque ya traté ambos aspectos hace ya mucho tiempo en esta misma revista. Para hacernos una composición del lugar, resumiré mi opinión del siguiente modo: Hellraiser (id., 1987) fue un auténtico triunfo de la traducción del papel a la pantalla, una película que conseguía al mismo tiempo dialogar con el original y configurar un mundo cinematográfico propio que capturó la imaginación de muchos espectadores.

No es extraño que se continuase rápidamente, hasta el punto de que las primeras cuatro cintas pueden considerarse como el primer ciclo de la saga aunque tengan una calidad muy diversa. La continuación directa y veloz fue Hellbound: Hellraiser II (id., 1988), una cinta tan ambiciosa como fallida, presa de sus altas expectativas y muchos problemas de producción. Terminó resultando tan impresionante en lo visual como incoherente y retorcida en lo argumental. Hellraiser III: Infierno en la Tierra (Hellraiser III: Hell on Earth, 1992) resultó ser una enorme tontería que solamente puede ser disfrutada como parodia involuntaria, recordada porque uno de los cenobitas lanzaba CDs como si fueran estrellas ninja. No me lo estoy inventando. Hellraiser IV: El final de la dinastía sangrienta (Hellraiser IV: Bloodline, 1996) ya era el más difícil todaví: en menos de una década, la saga se iba al espacio; algo que normalmente señala la inevitable decadencia de cualquier concepto de terror. Lo peor es que, además, había algo parecido a la ambición en la cinta. Su vehículo era una sucesión de tres periodos temporales en la que todos y cada uno de ellos carecían del más mínimo interés. Parecía que Hellraiser no podía recuperarse.

De ahí ese trayecto por el desierto que para la saga fue el siglo XXI hasta ahora. El único valor de las películas pasó a ser su nombre comercial: Hellraiser. Daba igual que no existiera continuidad. Aunque para una de las continuaciones regresó Ashley Laurence, protagonista de la película original y de la segunda parte, se produjeron cintas para mantener la marca comercial viva. Su única misión era que los derechos siguieran en manos de una Dimension Films más interesada en el merchandising que en facturar nuevos productos de calidad.

No es de extrañar, por tanto, que hubiese muchas reservas con respecto a esta nueva entrega. Originalmente se decía que iba a ser un remake del original, o quizá una nueva adaptación de El corazón condenado. El proyecto llevaba desde 2007 dando vueltas por diferentes oficinas y, a pesar de que durante este tiempo se facturaran otras dos entregas de la franquicia, esta era la verdadera apuesta. Clive Barker llegó a escribir un guion que pensaba dirigir; luego dijo que no, que lo de dirigirla, mejor no; finalmente reconoció que no tenía ni idea del tema, que él solo había entregado un guion hace años y no había escuchado nada desde entonces. Tras incontables rumores, terminamos con una película basada en una idea original de David S. Goyer, famoso sobre todo por colaborar con Cristopher Nolan en su trilogía de Batman, con guion de Ben Collins y Luke Piotrowski.

Pero dejemos de dar vueltas a su gestación y hablemos de la película. Aviso que destriparé todo lo que haga falta de la trama, por mucho que no haya un resumen al uso. Todos los que no la hayan visto quedan avisados…

Domesticando el terror

La popularidad y el éxito de la primera Hellraiser se debió en gran medida a su capacidad para construir una nueva mitología del terror que no se limitaba a volver una y otra vez sobre territorios ya conocidos. Sus villanos eran más bien unos seres amorales que no parecían tan interesados por el mal como por ser «exploradores en las regiones más lejanas de la experiencia», en sus propias palabras. Eran los cenobitas, unos seres fuera de nuestra comprensión y nuestra moralidad que prometían la mezcla definitiva del placer y dolor, logrando que ambos se volvieran inseparables e indistinguibles. Se trata de un concepto tan literario, tan abstracto, que en la propia película funcionaba como un ideal que nos era contado más que mostrado. Podríamos decir que quizá no exista ninguna imagen que pueda representar esa dualidad sin estar iluminada por la letra.

Y Clive Barker lo sabía, de manera que las torturas terribles nunca dejaban de serlo pero confiaban mucho a nuestra imaginación. Mientras tanto, en la nueva entrega de la saga no parecen admitirse esas limitaciones que se aprovechaban en beneficio del relato. Aquí, si hace falta, se muestra a un decadente villano con una aparatosa pieza de metal en medio del pecho que actúa sobre sus nervios. En el proceso, por supuesto, no existe nada nuevo; no aparece ese supuesto éxtasis mezclado con el dolor. Solamente un nuevo modo de tortura que no deja de resultar más cercano a cualquier ejercicio de torture porn que a la tradición de Hellraiser.

Esto se ve también en la degradación de los propios cenobitas. Si en la primera entrega eran seres aparentemente fuera del espacio y el tiempo, con aspecto de monjes pervertidos y una sensación de continuado poder, aquí parecen reducidos a poco más que unos idiotas, antagonistas físicos, cada vez que resulta necesario. Poco importa que la nueva Pinhead, a través del muy acertado casting de Jamie Clayton, funcione perfectamente: si la rodeas de unos zombis descerebrados e inútiles que provocan una mezcla de pena y risa en lugar de miedo, estropeas el personaje. Los cenobitas eran inquietantes, en parte, porque a pesar de su aspecto escondían una amenaza real que no tenía nada que ver con que fuesen rápidos o fuertes. Su poder era romper la realidad, hacer que las paredes dejaran de estar ahí y que cadenas con garfios apareciesen de la nada. Ahora corren torpemente y se quedan atrapados por verjas de metal. Un desastre.

Junto a los cenobitas, el otro pilar del mundo de Hellraiser es la llamada Configuración de las lamentaciones o Caja de Lemarchand. Se trata de un incomprensible rompecabezas que obsesiona a aquellos que buscan llegar a los límites del placer, a quienes han acabado hastiados de todo lo que la vida parece capaz de proveer. En la primera película podía encontrarse en un zoco del norte de África, una trampa a plena luz que buscaba al siguiente que pudiese resolver su secreto. Esto tampoco se mantiene: ahora se insinúa una complicada trama para su consecución que, sin embargo, no se desarrolla lo más mínimo. Además, se le añade una sucesión de diferentes configuraciones y una complicada teoría de los «regalos» que el objeto es capaz de entregar a quien la resuelva. La idea no es ningún desastre, pero cae de nuevo en convertir lo abstracto en concreto, lo esotérico en vulgar. Y no deja de ser una pena, por cierto, que se pierdan los viejos y divertidos efectos especiales que abrían la caja y se sustituyan por una cuchilla que marca con su herida a los que van a ser víctimas de los cenobitas. Una idea bastante poco consecuente con la tradición de la saga cuando vemos que dicha herida parece tener más importancia que la propia resolución del rompecabezas. Así se convierte el acceso al conocimiento perdido en un medio, dejando de ser un fin en sí mismo.

En estos detalles se esconde el verdadero problema de la nueva Hellraiser. En sus dos primeras entregas, la saga parecía construir algo único, algo diferente que nos sorprendía y nos obligaba a analizarla. La fallida Hellbound: Hellraiser II era incómoda, grandilocuente y ambiciosa; buscaba hablarnos de una dimensión extraña a incomprensible que se mostraba como un imposible laberinto. Ahora estamos en la trama de slasher moderno en el que se presenta un amplio reparto dispuesto a ir muriendo poco a poco, en un entorno cerrado y a manos de unos monstruos que parecen unos asesinos en serie, no seres sobrenaturales. Si antes nunca sabíamos qué iba a pasar, ahora es muy fácil que nuestras dudas se limiten a saber cuántos van a sobrevivir y quiénes serán.

Tampoco ayuda el complicado e innecesario aderezo de la primera parte de la cinta. Porque esta vez nos presentan todo el entorno de la protagonista de la cinta, una correcta Odessa A’zion que se ve, a pesar de todo, maniatada por su personaje. Sus problemas de adicta en recuperación no conectan con la idea de la búsqueda patológica del placer que está en el corazón de Hellraiser y el plan a larguísimo plazo de su novio no logra espolear la trama. Lo que podía haber sido un intento de crear el contraste entre el mundo convencional de los humanos y la existencia delirante de los cenobitas se termina convirtiendo en una especie de muestrario hipster.

Merece la pena hacer un comentario, aunque sea de pasada, a la cercanía que esta orientación mantiene con la del otro gran remake contemporáneo de una película inspirada en la obra de Clive Barker: hablamos de Candyman (id., 2021). En ambos casos se percibe un cambio de la extracción social de los protagonistas y su entorno que resulta interesante. En el caso del Candyman de Nia DaCosta la estrategia es aún más exagerada, convirtiendo a una estudiante de la universidad de Chicago en un artista de éxito y transformando su entorno, que pasa de vivir en un barrio depauperado y problemático en otro gentrificado y alejado de su propio pasado. En el caso de Hellraiser el proceso se ve mucho más limitado a lo estético, falto de la crítica social que si manejaba DaCosta. Así, el hermano de la protagonista tiene un enorme apartamento en el centro de la ciudad, pero nunca sabemos a qué se dedica. Tampoco de dónde sale el dinero para el gran loft de su novio, que aparentemente es tan solo un ladrón de poca monta. Inevitable acordarse de esos protagonistas de Woody Allen, cómicos sin fortuna que viven en lujosos apartamentos con vistas a Central Park por razones desconocidas. Al igual que le pasa al director neoyorkino, esa incomprensible riqueza no hace más que separarnos de la trama y obligarnos a ignorar cualquier pregunta al respecto.

Al final, todo lo anterior viene a señalarnos el gran problema que se esconde en la Hellraiser de David Bruckner: su alejamiento de todo lo que pueda resultar incómodo o diferente. Se notará que no hemos hablando tanto de los elementos puramente cinematográficos sino de los aspectos más conceptuales. Esto se debe tanto a la competencia de la realización como a lo insulsa que resulta: a base de limar aspectos argumentales y mitológicos la película va perdiendo sus aristas en lo fílmico. Carece de algo único y diferente que contar, mutando en una película de terror más que pueda ver todo el mundo en la plataforma de turno. En este caso, en Hulu, en Estados Unidos.

Las franquicias de terror en la época del streaming

Este octubre hemos podido ver en un plazo de apenas dos semanas las nuevas entregas de dos de las más importantes franquicias de terror actuales: Hellraiser y Halloween. Ambas cuentan con una larguísima y compleja tradición cinematográfica. Ya hemos comentado el caso de Hellraiser, que celebra su undécima entrega, contando con un primer ciclo de cuatro películas y otras siete, incluyendo esta última, que son independientes entre sí. En el caso de Halloween nos encontramos con algo aún más complicado: existen tres continuidades que pueden coincidir en algunas películas, un remake con su secuela y hasta una entrega totalmente independiente del resto. A veces, saber la relación de una película de una franquicia de terror con el resto de las cintas que la conforman es casi imposible.

Sin embargo, este desarrollo demencial parece pertenecer cada vez más al pasado. En los tiempos del directo a vídeo las franquicias eran vistas como un nombre reconocible sobre el que producir mucho y muy barato. Las productoras sabían que esas películas volaban por debajo del radar de gran parte de su público, sin dañar en exceso su marca y manteniendo el prestigio de las entregas originales. Ahora, sin embargo, cada estreno será visto por muchos de los suscriptores de la plataforma y un error grave puede causar que esa propiedad intelectual, entendida como una inversión económica antes que como un medio cultural, pierda valor. Por lo tanto, las franquicias deben funcionar a menudo de manera estandarizada, controladas por un algoritmo que se convierte en su propia profecía autocumplida: se construye sobre la idea de que sabe lo que queremos ver porque solamente podremos ver lo que nos da.

El resultado es la multiplicación de cintas como esta Hellraiser de 2022: películas dotadas de un acabado siempre profesional, lejos de las infraproducciones que pudieron verse muchas veces en los años noventa y principios de los dos mil, pero también muy lejos de su capacidad para la sorpresa. En el caso del cine de terror, cada nueva entrega de una franquicia conocida solía prometer inutilidad técnica, pero también la posibilidad de una idea loca, de un personaje memorable… Algo que redimiera la hora y media que íbamos a gastar en su visionado.

Hellraiser 2022
Hellraiser: Hulu

Esa promesa es lo que se ha perdido en gran parte del cine de terror. Otro día podríamos hablar de la influencia del llamado terror elevado, de cómo incluso las franquicias de terror más convencionales tratan de encontrar una fachada de respetabilidad en lo intelectual que va unida a una limpieza técnica absoluta. Ha pasado en los casos que hemos comentado aquí, pero también en otros menos famosos como Wrong Turn: Sendero al infierno (Wrong Turn, 2021), ejemplo de una serie de terror de supervivencia convertida en un folk horror que podemos denominar convencional, en un cambio de género hacia un modelo con mayor prestigio. No obstante, no todo está perdido. Este año, por ejemplo, ha sido el del estreno de la muy notable Predator: La presa (Prey, 2022), cinta que ha revitalizado una franquicia que estaba moribunda tras el giro hacia la acción y la ciencia ficción. Es difícil evitar la sensación de que ese tipo de películas son hoy la excepción que confirma la regla, pero al menos constituyen un ejemplo a seguir para las cintas que pretendan salir del océano de nuevas entregas de franquicias que resultan tan fáciles de ver como de olvidar. Películas tan inofensivas que no nos dejarán huella; tan insustanciales como la nueva entrega de Hellraiser.

Ismael Rodríguez Gómez
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