Manual del asesinato perfecto. Introducción

Relatos de verano

¿Por qué nunca ha existido un crimen perfecto? Hay innumerables asesinatos que nunca han sido resueltos, pero ello se debe más bien a la falta de pericia de la policía, a jueces excesivamente garantistas y a la extraordinaria suerte de algunos asesinos.

Precisamente en el azar reside el quid del delito perfecto. Y su enorme dificultad. Usualmente, vemos en películas y novelas organizar los crímenes hasta el último detalle. Pero en esa planificación extrema reside su talón de Aquiles. Diseñar un asesinato o un robo de joyas, los crímenes supremos, se parece más bien a una labor de jardinería que de ingeniería. Hay que tratar a las víctimas como a las plantas, dejándolas que desarrollen a su amor, no como a los puentes, a los que se impone una geometría coactiva. Estamos hablando, claro, del delito por interés, por ideología o por puro placer. El resto es bisutería criminal.

Tras mucho matar, robar, secuestrar y torturar (para todo ello hay un floreciente mercado negro), me he decidido a escribir el ‘Manual del Asesinato Perfecto’, no con la idea de publicarlo, sino como protocolo propio, aunque siempre podría aducir que era una parodia al estilo de ‘Una modesta proposición’ de Jonathan Swift, donde el escritor irlandés proponía, más o menos en broma, acabar con la hambruna en su país dejando que los padres pudiesen devorar a sus propios bebés. Naturalmente, solo durante el período estricto de falta de otros alimentos. Los irlandeses pueden ser radicales, pero no unos bárbaros.

Un asesino sin fe en su trabajo es como un sacerdote ateo, alguien que puede decir misa, pero que no resulta creíble. ¿Cómo vas a resucitar a Jesús en el milagro supremo de la consagración de la hostia si no crees en Él? Del mismo modo, ¿cómo vas a asesinar a alguien con determinación e inteligencia si no consideras la posibilidad de resultar impune? Por supuesto, no me estoy refiriendo a las manadas de descerebrados que actúan dejándose llevar por la ira, los celos o la codicia, esas pasiones innobles propias de almas inferiores. Lástima que se acabó con la pena de muerte en aras de una civilización mal entendida. Los Estados Unidos, Japón e Irán, venerables naciones con un gran pasado cultural, no han caído en el pecado de la ingenuidad de las almas bellas que abominan de la científica inyección letal, la eficiente electrocución, el vil ahorcamiento o el heroico fusilamiento. Podrá parecer paradójico que alguien como yo, un asesino en serie que ha hecho de su pasión su negocio, sea un firme defensor de la pena de muerte. Pero es que me respeto a mí mismo. Si mato, me pagan; si me pillan, pago yo. Es el primer mandamiento de la ética criminal.

Me considero a mí mismo un sacerdote de la violencia. He convertido mi vocación, el daño a los demás, en mi profesión: criminal a sueldo. Mi felicidad consiste en satisfacer a mi clientela, lo que repercute en mi propio bienestar, espiritual y material, a costa del displacer de mis presas, y las familias y amigos de estas últimas. En la balanza, no me cabe duda, el resultado neto resulta positivo. Al fin y al cabo, una vez muerto no queda nada de espacio para el sufrimiento, y los recuerdos de allegados se van desvaneciendo con el tiempo, al contrario que los intereses de mis inversiones, que chapotean en sangre, es cierto, pero como la de cualquier empresa capitalista de éxito.

A la hora de planificar los crímenes, de la extorsión a la tortura pasando por el homicidio, hay que imaginar siempre al enemigo principal, que no es la presa propiamente hablando, sino el detective que se ocupará de su caso. Que en la imaginación aparezca la combinación de la capacidad deductiva de Sherlock Holmes, la pericia psicológica de Hércules Poirot, así como la fuerza y la determinación de James Bond. En comparación, los policías que suelen tocar en suerte para desentrañar los acertijos lógico-criminales no son sino aficionados. Es conveniente saber jugar al ajedrez, sobre todo para poder sacrificar piezas inocentes y elaborar estrategias a largo plazo. Vale más la paciencia que la temeridad.

Mi héroe intelectual es, como pudiera esperarse, Jack el Destripador. Lo que significó Descartes para la Filosofía lo fue Jack para el asesinato como una de las bellas artes. Descartes nos enseñó que la clave para pensar es tener un sistema de ideas claras y distintas con las que diseñar planes criminalmente perfectos. Pero René se equivocaba allá donde acertaba Jack. Mi gran hallazgo, profundamente anticartesiano, es que resulta imposible dicha planificación. El problema residía en algo que Descartes no había tenido en consideración: no hay manera de tener en cuenta toda la información disponible. Es más, la información surge de la nada y hay que saber tratar con ella. Cuenta más en los momentos decisivos un ánimo templado que una inteligencia aguda.

Matar a una persona no es sustancialmente nada distinto de matar a un pollo o un cordero, un delfín o un bebé foca. Si me apuran, de cortar un tomate o montar un mueble. Es una cuestión de conocimiento (observar, vigilar, reflexionar) y acción. Si cortas un solomillo de manera descuidada, lo más seguro es que acabes en Urgencias con tu propio dedo sajado y colgando. Ahora bien, nadie te persigue por matar un conejo, salvo que sea la mascota del vecino, por lo que al asesinar no basta con seguir un protocolo, te podrían identificar por el método, sino que hay que introducir elementos de originalidad y, como decía, tener en cuenta el azar como el experimentado marinero se deja llevar por las corrientes de aire confiando en saber reaccionar basándose en su conocimiento y, sobre todo, su experiencia.

Quizás estéis objetando que es inmoral ganarse la vida matando a los demás. Pero solo admito esa objeción a los que se alimentan de comida sintética, hamburguesas fabricadas a partir de células madre, o el aire. Es decir, a día de hoy, a nadie. Vigila tu espalda, atento lector.

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