Pablo Rosal nos retrata | El Comercio

Función del sábado. / A. GARCÍA

Pablo Rosal, barcelonés del 83, es todo un talento teatral y en alza al que descubrimos hace casi un año con ‘Los que hablan’ en el Niemeyer donde este sábado confirmó con ‘Castroponce’ que además de escribir muy bien, igual que dirigir, es también un actor de campanillas. Desdoblado en seis personajes y autor, por lo tanto siete si contamos a quien presenta para después vestirse el chaleco y empezar doblando a la relatora, una de las tres mujeres, Rosal presenta un divagar sobre la divagación tan centrado y equilibrada -desternillante en ocasiones, negro, duro y a la cabeza siempre- como adecuadas todas sus decisiones escénicas. Salvo el final musical al piano, la misma melodía en cuatro escalas, creo, con el que le ayuda su también técnico de luces y sonido, Pablo Rosal es todo en ‘Castroponce’. Y ¡vaya bien que lo es!

Para empezar la obra es una coña del teatro testimonio o verbatim, digamos. También de las películas «basadas en hechos reales». Para seguir, su montaje, una risa de irregular mobiliario y atrezo, incluida una parodia de pantalla para videoescena en el foro que, al modo de retablo de las maravillas cervantino, la imaginación del espectador ha de suplir su grosera composición por la brillantísima descripción literaria y teatral. El exterior del lugar de la representación también se las trae, para situar a los seis personajes y una relatora como sabios del erial tierracampino. Por cierto, Mayorga, al que tanto debe esta dramaturgia, es uno de los pueblos de esa comarca entre León, Valladolid, Zamora y Palencia, un área geográfica tan profunda y hermosa como su «brutal planicie».

De esas contradicciones se nutre la gran prosa, el afinadísimo movimiento, el atinado por descabellado planteamiento y los entretenidísimos desarrollo y resolución de aquel 21 de mayo de 2015, más sus magníficos ‘raconttos’ anteriores, en Becerril de Campos. Una fecha para la historia del arte y la política soñada soberanamente por el poeta y profesor Pablo Rosal en todos sus nombres: Lurdes, Demetrio, Anselmo, Anatolia, Teófila y Sebastián. Se entrecruzan, bailan, hablan, callan mientras nosotros nos vamos viendo, oyendo en su facundia y sinsentido. Si se dan con ‘Castroponce’, por favor, acudan a su llamada.

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