Ruben Östlund, aquel cineasta sueco internacional

Dio vuelta su mirada y la posó en mi angelical novia francesa y le pregunto: “¿Y tú bonita, qué piensas de mis películas?”. “Me hacen reír todo el tiempo”, le dijo genuina mi linda novia francesa. Era una audacia de ella, ya que Ruben Östlund luchaba en sus películas por imponer la melancolía y la tristeza. 

Nos habían dado media hora para entrevistar al talentoso cineasta sueco Ruben Östlund, pero estaba tan entretenido con nosotros (mi novia francesa y yo) que cuando su bellísima asistente le vino a avisar que ya se habían cumplido la media hora pactada, él con un gesto de mano le indicó a esta portentosa mujer que se retirara. Hubo un momento en que no podía quitarle los ojos de encima a esa magnífica joven de los Países Bajos, y de pronto me preocupé un poco de la reacción de Constance, pero ella estaba obnubilada con Ruben, así que todo okey.

Estábamos hablando de quizá su obra maestra, la insurgente película “The Square”, que arrebató la Palma de Oro hace algo más de cinco años a sus temibles competidores. Pero es que “The Square” tenía todos los elementos para convencer a los críticos: intensidad actoral, un ambiente extrañamente aséptico pero teñido de una ironía peligrosa (quizá el cineasta más cómico del siglo XXI), pero con un humor parido de la inmensidad del lenguaje.

En “The Square”, él ataca los ritos de las “posposmodernidad” o de la a-modernidad como dicen mis franceses (es decir perplejidad ante el arte y ante la vida), con una narración que transcurre en un Museo donde el director prepara la Instalación “The Square”. Quizá por eso mismo, más que película era una instalación de arte con todas las de la ley, sumergida en personajes tensos, una narración que ilumina completamente las torpezas de los seres humos en el siglo XXI, un filme asociado a la sociología a veces, y otros a la filosofía. Meditación acerca de los mecanismos del arte en un mundo que cada vez más se aleja del arte, pero no es ni por mucho un elogio al arte, es más una feroz parodia de ese mundo, que Ruben Östlund conoce muy bien, ya que el mismo hizo una instalación controversial en su país natal.

Desde hacía muchos años que no surgía un cineasta que le hiciese un poco el honor al legado del inmenso cineasta sueco Ingmar Bergman, aunque por cierto en plan comedia. Bueno, Bergman da para diez columnas a lo menos, por su aportación al arte del cine. Así como Ruben Östlund, Bergman traspasó no solo el fenómeno del cine para pasarse a la reflexión en clave arrasadora de la religión. Acordémonos de su frase “el Silencio de Dios”, bueno en Ruben Östlund se podría hablar del silencio del nuevo Dios, “el mercado del arte” de este caos, pero en este caso va mucho mas allá, porque es una reflexión corrosiva del absurdo comportamiento de nuestra civilización actual.

Le pregunté al cineasta sueco Ruben Östlund, “¿Que opinas del cineasta Ingmar Bergman?

Puso los ojos en blanco, y cuando pensé que iba a hacer un panegírico de su glorioso antecesor, musitó algo así como, “no comprendo la manera como trata los sentimientos en sus películas”. No me asombró  para nada que pusiera en duda “a su padre putativo cineasta”, ya que a simple vista las películas de Ruben Östlund iban por otro carril. Miré a Constance en plan de complicidad, pero ella estaba boquiabierta, ciertamente enamorada de este singular sujeto de los Países Bajos, que se atrevía a criticar a nada menos que al portentoso Ingmar Bergman. Pero bueno, ya había comprendido que el dispositivo de Ruben Östlund era para todo la parodia, reírse del mundo completo. Eso le había dado dos Palmas de Oro hasta el momento, ya que su última película “THE TRIANGLE OF SADNESS”, fechada este año, a pesar de estar delineada en la aparente tristeza, su inventiva era bastante socarrona, vitriólica, de alguna manera  en línea directa con ese clásico de los clásicos llamado Luis Buñuel.

También Buñuel estuvo siempre en plan demolición con la burguesía, le gustaba mofarse de sus “discretos encantos”, pero también los quería como personajillos mundanos, lo que hacía mucho más mordaces sus películas. En cambio Östlund es más de trazo grueso, y cuando se burla de un personaje en una situación estética, se está simplemente riendo de una suerte de sociedad en decadencia.

 “¿Y Luis Buñuel?” Le pregunté

Me devolvió con una mirada adiestrada en lides de interrogatorio, se le veía muy contento con mi pregunta: “Primera vez que alguien me pregunta sobre el cineasta Luis Buñuel. Lo adoro”.

Dio vuelta su mirada y la posó en mi angelical novia francesa y le pregunto: “¿Y tú bonita, qué piensas de mis películas?”. “Me hacen reír todo el tiempo”, le dijo genuina mi linda novia francesa. Era una audacia de ella, ya que Ruben Östlund luchaba en sus películas por imponer la melancolía y la tristeza. 

Le pregunté a Ruben Östlund sobre Aristófanes, el gran poeta cómico griego, y sonrió “This Playwriter is wonderfull” (Ese dramaturgo es maravillloso”).

Pero cuando se iba a terminar la hora de entrevista, Östlund se apresuró a levantar su status en plan patético como cineasta y comenzó a citar a sociólogos y filósofos como Lyotard, Foucault, Derrida, y claro, Habermas. En mi interior pensé que todo cómico necesita arroparse con los grandes pensadores del siglo XX para justificar sus películas del siglo XXI.

Esucharlo nombrar la caballería dorada de la “French Theory” (como dicen los norteamericanos) para justificar su cine, me pareció patético e innecesario. Sus películas daban cuenta de la calidad sin apoyarse de esa pléyade gala y con un agregado alemán, pero me hizo pensar cómo la industria cultural del cine-arte estaba permanente castigando a los cineastas cómicos, empujándolos al terreno de la “tragedia”. Me pareció propio del implacable puritanismo del que estamos en estos momentos envueltos en el siglo XXI, y que ha estado cortando las alas a muchos artistas y escritores. 

Se despidió con respeto de Constance, de mí con un poco de frialdad.

No sé por qué, pero al verlo caminando trastabillando sus pies, me acordé del glorioso Charles Chaplin. Y estoy hablando de un revolucionario del cine y del arte que es se Chaplin. Al final todas las películas de humor proceden del inmenso Charles Chaplin.

Mi cómica vanidad latinoamericana, me hizo pensar si nuestra conversación iba a influir en su siguiente película.

Iba seguramente camino a su espléndido estudio de cine personal en Suecia, que habíamos conocido dos días antes, período en que estábamos en la atrayente pero demasiada compuesta Estocolmo, capital de Suecia.

Bueno, como muchos buenos cineastas de este siglo XXI, al final, sus películas son mucho mejores que los sujetos que las filman. En el siglo XX, los poetas del cine, tanto Antonioni, Buñuel, Bergman, Bertolucci, o Godard, como personas eran tan buenos como sus películas. 

A Constance le dio hambre. Y cuando ella tenía hambre era mejor salir a comer. Eso hicimos.

Salimos a enfrentar al impetuoso frío de la impostada y a veces bella Estocolmo. Alcancé a divisar un café bajo las ráfagas de lluvia y suspiré contento por mi linda Constance.

Ruben Östlund, aquel cineasta sueco internacional