Solavayas del 2022

Criaturas diversas abrevan en Twitter

Ruidito, sonido de pequeña criatura rechistando. ¿Era un arañar de paticas? ¿Un guayabito que roía un cartucho de azúcar? Yusuam Palacios, ese peluche del castrismo, estaba pariendo un tuit.

El tuit llevaba dos imágenes del presidente Miguel Díaz-Canel con esta aseveración: “Porque solo un hombre como Díaz-Canel, con tamaña responsabilidad, le habla con tanta claridad a su pueblo en las buenas y en las malas. Es él, heredero de Fidel, cuya cultura de hacer política impresiona y convoca a acompañarlo con lealtad en esta hora crucial”.

La hora crucial era la del apagón. Hora de encender chismosas, de impulsar con un dedo las aspas del ventilador, de acotejar nailitos  en el frigidaire.  En las imágenes tuiteadas, Miguel Díaz-Canel explicaba con claridad al pueblo en qué consistía un apagón. Y al peluche del castrismo se le hacía difícil entender que alguien fuera capaz de explicar con claridad algo tan oscuro como un apagón. ¡Tamaña responsabilidad!

Acerca del tamaño de la responsabilidad del presidente Díaz-Canel iba a tuitear también Gerardo Hernández, quien publicó una foto suya vistiendo un pulóver en el que se leía  
“Díaz Canel, pingú”.

El exespía de la Red Avispa se explicó: “Yo sé que a algunos no les va a gustar, pero no quería perderme el reto de #SacaTuPuloverComunista, y ahora mismo este es el que tengo a mano”.

Aquel era el pulóver con el cual Gerardo Hernández iba cada día al gimnasio. Ramón Labañino, amigo suyo en las redes Twitter y Avispa (con sobrenombre en la primera de @SoldadodeFidel), no tardó en solidarizarse con lo que el pulóver decía: “Genial, hermano. No había uno mejor para este momento. ¡Nos la pusiste alta!”

Díaz-Canel la tenía tremenda, Gerardo Hernández se las ponía alta…  Y a todas estas, ¿cuál era la opinión de Lis Cuesta sobre el tema?

Se cae gira en dólares

Las maletas estaban hechas. La guitarra, dentro de su caja. Listos los papeles de música, así como las copias de las letras de las canciones, que eran verdaderamente complicadas.

Quienes los envidiaban hablaban peste de esas letras, pero quienes los envidiaban no sabían ni p… de filosofía ni tenían pensamiento. Era los mismos que no comprendían las letras de Ricardo Arjona. Y la música que hacían ellos era todavía más difícil que la de Ricardo Arjona. Porque oyendo sus temas, había que pensar.

Los demás cantaban canciones, ellos cantaban temas. Bueno, era un decir, porque quien cantaba era solamente él, Israel Rojas. El otro lo acompañaba con su guitarrita, la gente ni siquiera conocía su nombre, y era como la sombra de Israel, un documento adjunto.

El caso es que Israel Rojas y Documento Adjunto tenían listo el equipaje, estampados los visados, y se proponían coger algo de fresco por Canadá. Sirope de arce iban a meter por esas tierras. Y, quien decía Canadá, decía Niágara, decía la otra orilla del Niágara, decía dólares estadounidenses…

Entonces les llegó aviso de que no serían bienvenidos, Canadá utilizaba el pretexto de que no estaban bien vacunados. ¡Y aquello le ocurría precisamente a ellos, que habían dedicado uno de sus temas a la vacuna Abdala, de producción nacional!

El alma se les cayó a los pies. Malos cubanos del exilio habían firmado contra sus actuaciones en Canadá. Gente nacida para el odio y la división entre los cubanos, miserables que negaban a los verdaderos artistas el poder ganarse su dinero. “Anormales”, los llamó Israel públicamente.

Anormales que no entendían las letras de dúo Buena Fe, que no entendían el compromiso del dúo Buena Fe con la revolución y con la patria.

El viceministro de Relaciones Exteriores, Carlos Fernández de Cossío, tuiteó: “Si los canadienses no tienen la libertad de escuchar en su país a un grupo musical exitoso y talentoso allí reconocido, pueden disfrutar esa libertad cuando visiten Cuba, país vacunado, saludable, libre y seguro”.

¡Con Abdala, y en enero/ vacúnate en Varadero!

La Asociación Martiana de Cubanos Residentes en Panamá, un grupo de cubanos con amor por la patria aunque viviera lejos de ella, extendió a Israel y a Documento Adjunto una invitación en desagravio. Buena Fe quedaba invitado a actuar en Panamá, y quien decía Panamá, decía canal, decía carguero en ruta al norte, decía puerto, decía dólares estadounidenses…

Hasta el compañero presidente Miguel Díaz-Canel les mandaba aviso de que la compañera Lis Cuesta organizaba un festival al que no dejarían de estar invitados.

Era, ni más ni menos, el Festival de San Remo. No en San Remo, Italia, sino en La Habana. Y quien decía La Habana decía muro del Malecón, decía pesos cubanos.

Actitud de Pimpinela con frase de Silvio

Embutida en una hoja de tamal a la que ella daba por vestido, hechos los rayitos (de bicicleta) en el pelo, portando en sus manos de escardadora la cartera que desentonaba mejor con el tamal en hoja que era, Lis Cuesta se dispuso a entrar en Twitter.

Lis Cuesta se vestía especialmente cada vez que iba a tuitear. Se vestía, no impecablemente, sino implacablemente. Y si lo que se discutía en Twitter hasta volverse tendencia, trending topic o como quiera que se dijera, era el tamaño de los atributos de Misha Díaz-Canel, su osito olímpico, no podría corresponderle sino a ella el juicio más exacto y contundente.

Por una vez en su vida Lis Cuesta sabía de lo que se hablaba, y entró en Twitter del mismo modo que había entrado en la discoteca de Holguín donde los dos se conocieron, donde ella lo sacó a bailar a él, donde se pegaron por primera vez poliéster contra poliéster, fusil contra fusil, y donde ella lo shakireó de lo lindo (no había sido descubierto aún el tuerking, el perreo o como quiera que se dijera).  

Se coló Lis Cuesta en Twitter e hizo que circulara esto: “¡El que es lindo lo es! Y, además, por dentro y por fuera: el dictador de mi corazón”.

Enseguida empezaron a joder los haters, los odiadores o como quiera que se dijera. ¡Ay, qué jodida la tenían a ella los haters! Ya estaban ahí con sus pregunticas de si aquello era una cuenta parodia… ¿Cuenta parodia? ¿Y qué pasaba si era una cuenta parodia? A ella le daba igual ser primera dama que una cuenta parodia.

Fue entonces que él, su dictador y presidente, le contestó a ella con este tuit: “Te amaré hasta el fin de los tiempos. Te amaré y después, te amaré”.

La actitud era de Pimpinela, la frase era de Silvio. De una canción de Silvio Rodríguez. O mejor dicho, de un tema de Silvio Rodríguez, porque un artista de la talla de Silvio hacía temas, nunca canciones, sin importar que los temas elegidos para sus temas fueran que alguien le fachara un paquete de africanas o cambiara de lugar el unicornio de porcelana azul de la mesita de la sala.  

Lis, que cantaba lo mismo a Pimpinela que a Silvio, pensó que después de haberlo llamado “dictador de su corazón”, podría también soltarle: “Eres el singao de mi apagón”.

Y estaba a punto de teclear aquella frase cuando recibió, por privado, un mensaje de él:  “Deja esa talla, mami”.

Y corazoncito.

Pero, ¿qué había de malo en ventilar sentimientos tan bonitos como los suyos a través de las redes sociales? ¿Acaso no había dicho él que Twitter tenía que ser de los revolucionarios y no de Elon Musk? (Seguro que Elon Musk era pichicorto, conjeturó ella.)

Bien, para premiarle su silencio de tuitera, el dictador de su corazón escribió anunciándole que Raúl acababa de autorizar el San Remo.

¡Un Festival San Remo en La Habana! ¿Él había sentido contento a Raúl con ese proyecto?

Raúl estaba contentísimo. Raúl estaba eufórico. A Raúl le encantaban los negocios italianos.

Serie, película, lo que sea

“¡Netflix, repinga!” El grito se oyó en todo el edificio. Sus vecinos dijeron: ahora tiene un perro al que le puso Netflix y está enseñando al perro a actuar.

Pero no. Corina Mestre estaba en el baño y había gritado de pura felicidad. Su grito había despegado una hilera de azulejos que se hizo trizas. Pero, ¿qué importaba ese nimio desastre? Con el dinero que ganaría ella en Netflix podría comprarse cajas y cajas de azulejos. Baños enteros.

Gerardo Hernández la acababa de llamar. Gerardo, el héroe, el de la Red Avispa, el presidente de los Comité de Defensa de la Revolución. Unos meses antes, Gerardo le había otorgado a ella el Premio del Barrio que concedían los CDR. Este año a Corina Mestre le habían otorgado el Premio Nacional de Teatro, el Premio del Barrio y, ahora, Netflix…

La voz revolucionaria de Gerardo la saludó en el teléfono y ella le celebró el pulóver que sostenía lo que sostenía acerca del presidente Díaz-Canel.

Ah, mira qué casualidad, le contestó Gerardo, ahora mismo tenía puesto ese pulóver. ¿Conocía ella a Ana Belén Montes?

¿A quién? ¿A la heroína presa en los Estados Unidos por ayudar a la revolución y al pueblo de Cuba, pasándole información secreta? ¡Por supuesto que la conocía, aunque no personalmente!

Pues muy pronto podría, porque a Ana Belén Montes la liberaban en enero. Y era por esa razón que él la llamaba. Porque ahora que liberaban a Ana Belén, iba a contarse su historia, tal como hicieran con la Red Avispa. ¿Había visto Corina la película de la Red Avispa?

¡Por supuesto que Corina se había extasiado ante aquel filme!

Bien, pues contarían en Netflix la historia de Ana Belén Montes.

¡En Netflix! ¿Serie o película?

No sabían aún bien, pero si él la llamaba era porque quería que fuera ella, Corina Mestre, la mejor actriz de Cuba y la más revolucionaria de todas las actrices cubanas, la que hiciera el papel de Ana Belén Montes. ¿Qué le parecía la idea?

¿Que qué le parecía? ¿Tendría que bajar de peso para ese protagónico?

No. Gerardo la tranquilizó con el argumento de que, en estos casos, lo que de veras importaba era el temperamento, no el parecido físico.

Y todo pareció marchar sobre ruedas hasta que volvió a llamar Gerardo. Esta vez para notificarle que la película o serie de Netflix sobre Ana Belén Montes quedaba, no suspendida, aunque sí pospuesta. No obstante a lo cual él estaba llamándola para ofrecerle otro papel. Un papel no menos protagónico, en un filme de producción nacional, considerando que ella era la única actriz que sabría desempeñarse en aquel rol.

Pero, ¿de qué rol le hablaba ahora?

Se trataba de la historia de otra mujer tremenda, otra revolucionaria grande: Aleida Guevara. ¿Estaba Corina dispuesta a hacer de Aleida, la hija de Ernesto Che Guevara?

Por esta vez se evitaba cualquier preocupación sobre el peso corporal, se dijo ella. Aunque era una lástima que fuese el ICAIC y no Netflix…

Eduardo del Llano hará del Che, aseveró Gerardo.

Corina creyó haberle escuchado mal. ¿Eduardo del Llano? ¿Qué clase de Che era ese?

Y, en efecto, Gerardo Hernández aseguró que Eduardo del Llano escribiría el guion de aquella película y haría en la película de papá de Aleida.

A Corina le fue difícil ocultar su disgusto, argumentó que Eduardo no se parecía en nada al Che.

Al otro lado del teléfono se escuchó la risa de héroe de Gerardo Hernández. Cuando hablaron del proyecto anterior, él le había dicho que en casos así el parecido era lo de menos. La cuestión era la entrega revolucionaria, el convencimiento que esa entrega despertaría en el público. ¿Se hallaba ella al tanto de las últimas directas hechas por Eduardo del Llano? ¿No? Pues Eduardo del Llano había pedido que la policía revolucionaria reprimiera con más contundencia. Eduardo del Llano reconoció que se encontraban en una guerra y que, en esa guerra, él estaba del lado del sistema hasta las últimas consecuencias.

Gerardo Hernández invitó a Corina Mestre a ver esas directas. Él estaba seguro de que, luego de que ella viera esas directas, Corina querría a Eduardo del Llano como a un padre.

De modo que Corina Mestre vio las dichosas directas y, cuando volvieron a intercambiar ella y el presidente de los CDR, aquel de cuyas manos recibiera el Premio del Barrio, ella decidió hablarle con la franqueza que tendría que existir siempre entre verdaderos compañeros revolucionarios.

Eduardo del Llano era menos fría máquina de matar que ella, sostuvo. Y sostuvo que quien de veras merecía hacer del Che, quien haría un Che más grande que la Marilyn de Ana de Armas en Netflix, era ella. Ella, Corina Mestre.

Al otro lado de la línea se produjo un largo silencio.

Partiste el bate, Corina, dijo al fin Gerardo.

A los jefes les encantaría la idea… Mariela estaría encantada… Con una actriz interpretando el papel de Ernesto Che Guevara, a ver quiénes seguían propagando esa falsedad de que el Che había sido homófobo…

Corina Mestre, sin embargo, no pretendía entorpecer la carrera actoral de Eduardo del Llano, quien escribiría el guion de la película. Corina Mestre pensaba, y así se lo expresó al héroe Gerardo Hernández, que Eduardo del Llano estaría muy bien en el papel de Aleida Guevara.  

Nueva línea de pulóveres comunistas

No, no, los pulóveres que ellos vendían allí no tenían ninguna referencia al miembro del presidente Díaz-Canel.

En la venduta del Aeropuerto Internacional José Martí ofertaban tres modelos. El primero, con este letrero: “Vacunados contra el miedo”. El segundo, “Keep calm. No nos van a aguar la fiesta”. Y en el tercero estaba escrito “Con Filo”, que era el nombre del programa de televisión donde Michel Torres Corona ajustaba cuentas con aquellos que soñaban con un país sin apagones.

Ocurrieron unas protestas promovidas por el enemigo imperialista en su afán de destruir a la revolución y, a raíz de esas protestas, Michel Torres Corona se había hecho de un programa de televisión. De un programa de televisión en una televisión como la cubana, que contaba ya con alguien de la talla de Humberto López realizando su propio programa.  

Los pulóveres del programa de televisión de Michel Torres Corona se encontraban a la venta en euros, dólares canadienses y tarjetas de crédito. Un día, se prometió él, van a poner mi rostro en los pulóveres. ¿Acaso no lo habían invitado a hablar en la Universidad de Nottingham, Inglaterra? Otra cosa es que los gusanos odiadores le hubieran tumbado el fáster. Aunque, por suerte, existía la solidaridad. Existían también las almas gemelas y él acostumbraba a dialogar con su amigo Humberto López, y en esos diálogos ambos se apertrechaban de insultos contra la gusanera.  

Gracias a Humberto, Michel Torres Corona se enteró de que allí en La Habana celebrarían pronto un festival más importante que el Festival de Cine de La Habana. Más importante que el Festival de Ballet de La Habana, más importante que el Festival del Habano de La Habana. Lis Cuesta estaba a cargo de ese festival, que contaría con música, artistas extranjeros, jama fina, desfiles de modas, un montón de extranjeros a los que venderles pulóveres de “Con Filo”…

Y, hablando de pulóveres, ¿Humberto había visto el que tenía puesto en Twitter Gerardo Hernández? El pulóver de Díaz-Canel, sí. ¿Quién había fabricado ese pulóver? ¿Las tipas de Clandestina?

Humberto le respondió que no, que lo de Clandestina era meter jodedera contra la gente que se iba del país.
Pues Hugo Cancio estaba haciéndole tremenda publicidad a las de Clandestina en su revista OnCuba. Y Michel Torres Corona se quejó de que todo el mundo anduviera en la resolvedera, en la que se caía. Michel Torres Corona se preguntaba (y se lo consultó a Humberto, quien llevaba más tiempo en la difamación y conocía mejor el ambiente) si Lis Cuesta no le brindaría a él apoyo para comercializar, dentro del Festival San Remo de La Habana, pulóveres como ese de Gerardo.

Poscoito presidencial

Él tenía tremenda continuidad, ella tenía tremenda coyuntura. Quimbaron, juntaron continuidad y coyuntura, y luego se pusieron a hacer planes.

O, mejor dicho, hacía planes ella, porque él no se atrevía.

Él la escuchaba, y escucharla le hacía el mismo efecto adormilante que el fumar después de.

Lis le hablaba del Festival San Remo. ¿Cómo era que se llamaban aquellos dos?

¿Qué dos?

Pero si estaban cansados de oírlos… ¡Andy y Lucas! Habría que invitar a Andy, habría que invitar a Lucas.

Y a Buena Fe, que les tumbaron su gira canadiense.

¡Pobre Israel!

Y el otro.

Sí, también el otro. ¿Y Silvio?

¿Silvio? Lo de Silvio habría que consultarlo.

¡Pero, papi,  Silvio no dejó de pronunciarse en contra de esas protestas!

Claro, claro. Él estaba seguro de que podrían contar con Silvio hasta el final, estaba seguro de que Silvio no era Pablo.

Lis estaba pensando en invitar también a Ana Hurtado.

¿Ana Hurtado, la española? No sabía él que Ana Hurtado cantaba.

Ana Hurtado le había cantado a Pablo las cuarenta.

Ah, entonces tendría que invitarla.

Qué pena lo de Fernando Bécquer, ¿verdad?

Una pena, sí, que no pudiera cantar allí Fernando.

En el San Remo de La Habana estaban implicados la EGREM y el Ministerio de Cultura. Dos brigadas de costureras trabajaban de cara a la celebración del festival. La primera brigada cosía a ritmo de contingente unos nuevos modelitos para Lis. Hojas de tamal van, hojas de tamal vienen… La segunda brigada constituiría la retaguardia, dispuesta a abrir costuras, meter quillas y hacer ampliaciones, pues el Festival San Remo de La Habana contaría con diversos eventos gastronómicos y a Lis le costaba frenarse delante del relampaguear de la manteca de puerco.

Y a propósito de costuras… Lis comentó a su chini la propuesta de pulóveres comunistas que le hiciera Michel, el de “Sin Filo”.

Qué belleza, ¿verdad? Imaginaba a todo el público de su festival vestido con aquellos pulóveres.

Pero él no hizo más que oír aquello y se levantó de la cama y comenzó a vestirse como si no fuera esa su cama matrimonial, como si esos no fueran el cuarto y la casa que compartía con su esposa.

Y, dada su reacción, ella comprendió lo grave de la situación en la que se encontraban.

Él se inclinó hacia ella como si fuera a besarla y, pegadito a su oreja, en voz muy baja, le susurró que si Gerardo se ponía ese pulóver era para joderlo a él, para ponerlo en mala con Raúl. Gerardo llamaba la atención sobre sus partes para que los jefes terminaran por cortárselas.

Gerardo, aseguró casi inaudiblemente, quería ocupar el puesto de él. Quería ser presidente.

A Lis la horrorizó la idea de que otro fuera el presidente. Lis Cuesta contempló una terrible visión. En las sábanas, el reguero de sangre de las partes cortadas de su marido. Un apagón en donde debería verse su futuro.

Finalmente, el Festival San Remo de La Habana terminó como terminó. Andy y Lucas, a quienes tanto había escuchado ella, se comportaron como dos verdaderos malagradecidos. Y fueron más los malagradecidos invitados por ella, cosa que la dejó muy triste durante días y días.

Lis Cuesta miraba toda su ropa por estrenar y se desconsolaba.

Hasta que al dictador de su corazón se le ocurrió la idea de que ella podría graduarse de doctora en Ciencias. Y así ocurrió, terminó por ocurrir, y entonces él tuiteó lo siguiente: “Hoy ella, Lis Cuesta, defendió su tesis doctoral: ‘Modelo pedagógico para exportación de servicios académicos en la agencia Paradiso’. Hoy la sentí más cerca que siempre. Todo nos une. También la pasión por la ciencia”.

Ahora los dos eran doctores en Ciencias. Hacía un año que él se había doctorado con la tesis “Sistema de gestión de gobierno basado en ciencia e innovación para el desarrollo sostenible en Cuba”. Él, incluso, había tutorado a Alejandro, Alejandro Gil, el ministro de Economía, en su tesis de doctorado “Metodología para la gestión del plan de desarrollo económico y social de Cuba”.

Ya los dos eran doctores en Ciencias. Él era el dictador del corazón de ella, ella era su cuenta parodia. Ahora solamente les faltaba este detalle: aplicar en la práctica las teorías de sus respectivas tesis.

¡Solavaya, solavaya!

Y se fue el año, gente.  

Solavayas del 2022